“Debemos estar preparados emocionalmente también”, sostiene experta Ulima.
El último terremoto en Colombia —unido al de Venezuela y de nuestro país (en Junín)— nos recuerda que vivimos en una zona altamente sísmica: en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, donde ocurre el 85 % de los sismos en el mundo. Eso nos hace vivir en un estado de alerta permanente, aunque no siempre estemos conscientes de ello. Así lo resalta Paola Lindo, docente de la Carrera de Psicología, quien puntualiza que cada temblor, noticia y hasta la vibración de un camión pesado pueden hacer que nuestro corazón se acelere, los músculos se tensen y la mente se llene de imágenes catastróficas. Esta es la forma en que el cuerpo humano responde al peligro, ya que está diseñado para sobrevivir.
Por eso, solo ver las terribles imágenes de los últimos terremotos o, incluso, una réplica pequeña pueden generar una respuesta de pánico aparentemente desproporcionada. El cuerpo no está reaccionando solo al temblor real, sino a todo lo que este le recuerda, indica la experta. Las consecuencias físicas y emocionales de vivir en ese estado de alerta constante son reales y se acumulan con el tiempo: dificultad para dormir, irritabilidad, tensión en los hombros y la mandíbula, problemas para concentrarse y una sensación de fondo de que algo malo puede ocurrir en cualquier momento.
No todas las personas sienten lo mismo, describe la profesora Lindo. Todo depende de su historia personal y de su salud emocional. Quien convive con ansiedad puede que cada pequeño temblor active pensamientos como "esto es el comienzo de algo peor" o "no voy a poder salir", que se vuelven más intensos y más difíciles de callar. En personas con depresión, la sensación de vulnerabilidad que genera vivir en un país sísmico puede profundizar la desesperanza. Las personas que tienen trastorno obsesivo compulsivo (TOC) pueden empezar a revisar una y otra vez si la mochila de emergencia está lista o si el edificio es seguro. Y los que ya cargan con el agotamiento de un trabajo muy demandante pueden encontrar que cada alerta sísmica es la gota que desborda el vaso. Reconocer esto no es etiquetar a nadie, es entender que algunos simplemente necesitan herramientas más específicas.
¿Qué podemos hacer? Ni ignorar el riesgo ni paralizarse por este, advierte Lindo. El primer paso es reconocer lo que sentimos y darle su lugar. Sentir miedo no significa que algo esté mal en nosotros, sino que significa que nos importa nuestra vida y la de las personas que amamos. Pelear contra ese miedo o decirnos que "no hay que exagerar" generalmente lo hace más grande. Nombrarlo, entender que tiene sentido y no juzgarse por experimentarlo es el punto de partida.
El siguiente paso es convertir esa energía en acciones concretas que nos devuelvan la sensación de control. Por ejemplo: conversar en familia sobre qué hacer si ocurre un sismo, ya sea estando juntos en casa o separados; preparar una mochila de emergencia con documentos, agua, medicamentos y artículos básicos; identificar los lugares seguros dentro y fuera de casa, y conocer la ruta de evacuación. Estos actos no eliminan el riesgo, pero cambian nuestra relación con este. Reemplazan la imagen vaga de un desastre incontrolable por un plan real.
Quienes conviven con ansiedad, depresión, TOC, agotamiento laboral intenso u otro diagnóstico no deben esperar a que ocurra el terremoto para buscar apoyo profesional, recomienda la especialista. La terapia cognitivo-conductual (TCC) ayuda a identificar y cuestionar los pensamientos que alimentan el miedo y la hipervigilancia. La terapia de aceptación y compromiso (ACT) trabaja desde otro ángulo: en lugar de intentar eliminar el malestar, enseña a relacionarse con este de una manera más flexible, para que el miedo deje de dictar cada decisión y uno pueda actuar según lo que realmente le importa. Para los que viven estrés postraumático, la experta aconseja terapia EMDR (desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares) y las técnicas de exposición gradual.
Buscar a un psicólogo no es una señal de debilidad. Es tomar el control a través de una acción clara para trabajar por nuestra salud mental.