MONAGUILLO DEL PAPA LEÓN XIV, COBRADOR DE MICRO Y, HOY, CAMINO A SER EXPORTADOR DE CACAO: LA HISTORIA DEL BECARIO ELVIS ARANDA

Elvis Aranda nunca ha temido a los nuevos retos. Había acabado la secundaria cuando el chofer del microbús en el que viajaba le propuso que sea su cobrador. Eran tiempos difíciles y la oferta era tentadora: dividir la ganancia entre dos. “Recién terminaba el colegio y ya ganaba 60 soles. Era bastante”, recuerda. Lo difícil fue convencer a su madre. “Es lo que toca porque quiero ir a la universidad”, le dijo.

Y es que Elvis ya le había puesto el ojo a la Universidad de Lima. Sabía que el estudio marca la diferencia.

Había crecido en el alejado caserío de El Rejo, en San Ignacio, Cajamarca. Su mamá era profesora de educación inicial y fue su primera maestra. Su papá enseñaba en un salón multigrado de primaria, allí fue donde aprendió dictado y matemáticas.

Cuando se mudó a Chiclayo, a los 8 años, había crecido en él su pasión por el estudio y su fe católica. Por eso, se convirtió en monaguillo en una parroquia agustina, la orden a la que pertenecía también un obispo de origen estadounidense llamado Robert Prevost. Sí, el actual Papa León XIV que pronto estará de vuelta en Perú. “Lo logré conocer de cerca. Es superhumilde. Cuando salió elegido, la alegría en Chiclayo fue, ¡uf!, inmensa”, recuerda.

Y aunque alguna vez pensó en ser piloto, llevaba dentro el bichito de los negocios. Los tiempos no eran los mejores y debía buscar una beca en una buena institución. “Antes de elegir, suelo comparar. Encontré la Carrera de Negocios Internacionales, revisé la malla y en la Ulima era la más completa, incluso comparándola con las de otros países”, dice. Era 2024 y la Ulima abría su Beca Ilse Wisotzki. “Yo soy de la primera promoción”, indica. 

Vino a Lima y postuló. “Quiero esto. Necesito esto”, se dijo. Dio el primer examen, el segundo, y se fue de vuelta a Chiclayo. Apenas llegaba cuando lo llamaron de la Universidad para avisarle que su entrevista era a las seis de aquella tarde. Una confusión lo había llevado a pensar que el proceso había acabado. “Se me cayó todo. Me voy a quedar sin la oportunidad. No había pasajes en avión. Y me llama mi asesor y me pregunta si podría ir al día siguiente”, recuerda. “Sí, le dije, por favor, no me saquen de la lista”.

Viajó toda la noche y, aunque muy nervioso, la entrevista fue un éxito. “Nos alegra mucho que hayas decidido regresar”, le dijeron. Dos horas después llegó la notificación: ¡había ganado la beca! “No había manera de explicar la felicidad de mi mamá”, cuenta.

Hoy ya está en sexto ciclo y se asesora en el Círculo de Emprendimientos Globales para llevar el cacao de los agricultores cajamarquinos al extranjero y así darles un margen justo de ganancia. “Me va a costar plata, sudor y lágrimas, pero el cacao peruano es considerado uno de los mejores del mundo”, replica.

Estar lejos de casa no ha sido fácil, pero el seguimiento psicológico le ha ayudado mucho. “Me encanta la integración de las edificaciones modernas, la integración y la búsqueda del bienestar de los alumnos. Formarte como profesional, sin descuidar tu bienestar emocional”, indica. 

Ya son tres promociones de la Beca Ilse Wisotzki y Elvis, cada fin de ciclo, regresa a su colegio para dictar una charla sobre esta oportunidad. Porque quiere que más jóvenes como él vivan la experiencia. “Yo soy del campo y muchos de mi procedencia no tienen la oportunidad. Yo llegue a pensar que no iba a tener un futuro grande, pero el límite se lo pone uno. Y ya estoy acá en mi sexto ciclo de carrera”, finaliza.