Un
caso muy especial por su calidad de británico y combatiente
en la Marina de Guerra chilena es el del suboficial Edwin John Penton,
que sirvió a bordo del acorazado Almirante Cochrane desde
1878 a 1882 (34).
El marinero victoriano escribió un diario (35)
donde narraba prácticamente todas las acciones navales de
la Guerra del Pacífico, entre ellas la captura del Huáscar
y algunas acciones terrestres en las que apoyó su barco,
como en la toma de Arica y las batallas por Lima. Entre sus múltiples
anotaciones dejó algunas sobre la captura del Huáscar
que llaman la atención. Finalizado el combate de Angamos,
Penton fue enviado al capturado blindado peruano para evaluar los
daños. Al subir a cubierta describió un escenario
de horror sobre la cubierta de la nave:
“The first thing that met our eyes were heaps of debris, splinters
of wood, iron, broken shell and numerous articles all intermixed
with the bodies of the dead, dying and wounded, fearfull to behold,
some headless, others without arms, others without legs, and some
only with trunks, some with their clothes burnt off, others with
the buttons of their cloths charred and burnt off by the bursting
of shell, This awfull spectacle was equally as bad below as on the
desk.” (36)
Luego de su captura por la Marina de Guerra chilena el blindado
peruano fue fotografiado en Antofagasta y Valparaíso. Era
indispensable documentar el nuevo estado de las cosas lo más
pronto posible. El Huáscar había impedido
por seis meses cualquier intento de invasión al Perú
y a partir del 8 de octubre de 1879 la guerra daría un giro
definitivo a favor de Chile. Al retratar al blindado este resultaba
doblemente capturado: dominado en su materialidad y, a la vez, retenido
artificialmente por la imagen.
La fotografía más famosa del Huáscar, aunque
todavía muy poco vista en el Perú, es la que tomó
Spencer en Valparaíso. En ella se observan los daños
sufridos por el blindado en Angamos y, si tomamos en cuenta que
el Huáscar arribó el 20 de octubre de 1879 y el 22
se le comenzó a reparar, se puede presumir que la fotografía
fue tomada al poco tiempo de llegar la nave al puerto (37).
Sin embargo, la fotografía no
nos transmite ni recrea la sensación de horror que se produce
al leer el diario de Penton. No se escuchan los gritos de los heridos,
tampoco se siente el olor a carne quemada ni el humo de los incendios.
No hay una descripción cabal del horror pero sí un
nivel de sugerencia. La imagen solamente buscaba demostrar a la
opinión pública que el gran adversario había
sido vencido. No pretendía inquietar mostrando escenas de
una lucha excesivamente sangrienta. Como señala Gonzalo Leiva
respecto a las fotografías chilenas de la Guerra del Pacífico,
“tienen demasiado marcadas el signo de ser la historia oficial
del conflicto”. (38)
Imágenes y la resistencia
en los Andes
¿Documentaron los fotógrafos chilenos la campaña
de La Breña? Para el investigador Patricio Greve (39)
solo llegaron hasta Lima, ya que la motivación principal
de Spencer eran las fotos en campaña. Para la época,
continúa Greve, ocupada Lima se pensaba en Chile que la guerra
ya estaba ganada. Las últimas fotos de la guerra tomada por
la sociedad son las del recibimiento a las tropas chilenas y los
arcos del triunfo levantados en su honor a su regreso a Valparaíso
(40).
Sin embargo, el coronel Hormazábal señala que otros
establecimientos como Leblanc también concurrieron a los
escenarios bélicos. La importancia de Díaz y Spencer
radica en sus fotos del Huáscar capturado y de la
ocupación chilena de Antofagasta, Iquique, Pisagua, Arica,
Tacna y Lima.
Por otra parte, no se puede
descartar la existencia de imágenes de tropas peruanas o
chilenas durante los enfrentamientos de 1881 a 1884 (41).
La fotografía y los estudios fotográficos eran activos
en la sierra del Perú en la segunda mitad del siglo XIX.
Incluso, y aunque es un periodo posterior a la Guerra del Pacífico,
revisando el diario del viajero francés Oliver Ordinaire
(42)
se encuentra que llegó a la ciudad de Tarma en 1885 y se
une a un grupo de soldados y rabonas (43)
del ejército de Cáceres:
“En el claustro del antiguo convento de Tarma trasformado
en caserna, las rabonas pasaban una parte del día sentadas
en el suelo, con la cabeza entre las manos como las momias que se
encuentran ordenadas en ciertas grutas de los Andes. Mientras que
descansaban así de sus últimas etapas, apunté
hacia ellas mi cámara fotográfica, y no pude hacer
menos que fotografiar en la misma ocasión una de las seis
piezas de montaña fundidas en Arequipa para el general Cáceres.”
(44)
El propio Cáceres tuvo una dramática anécdota
relacionada con la fotografía en junio de 1884, al confrontar
a un destacamento chileno que había llegado a Huancayo buscándolo
para que reconociera al gobierno de Iglesias (45).
El jefe de la unidad militar chilena, coronel José Antonio
Gutiérrez, apodado “El Araucano”, le escribió
una carta al jefe de la resistencia peruana:
“Tenía orden de atacarme en caso de no aceptar la propuesta
del Dr. Amstrong (46);
pero no lo haría sin participarme antes su resolución,
pues no atacaría por sorpresa a un jefe que defiende honradamente
a su patria. Le contesté que me agradaba tener como adversario
a un jefe caballeroso y que, si llegado el caso, podríamos
batirnos con fuerzas iguales en campo abierto. Antes de marcharse
me escribió nuevamente y como prueba de su simpatía
y recuerdo me envió su retrato con la sencilla y significativa
dedicatoria: “A mi estimado enemigo”. Le respondí
agradeciéndole su gentileza y, como recíproco testimonio
de mi simpatía, le remití también el mío
”(47).
De esta manera, y casi al terminar la Guerra del Pacífico,
la fotografía podía por fin dejar de considerarse
solo como una herramienta de propaganda bélica y, con su
muy pequeña cuota, ayudar a un primer honorable entendimiento
entre los hasta entonces encarnizados enemigos chilenos y peruanos.
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