Joan
Costa, comunicólogo, diseñador, sociólogo e
investigador de la comunicación visual, además de
consultor de empresas y profesor en las universidades Iberoamericana
de México y Autónoma de Barcelona, así como
en el Instituto Europeo de Diseño de Madrid, da sus puntos
de vista acerca de la imagen corporativa, la identidad y la reputación
en las empresa; los cambios que ha sufrido la gestión empresarial
en la sociedad red y otras reflexiones sobre su extensa producción
teórica en el campo de la comunicación empresarial.
Giancarlo Carbone.- ¿Qué
ha cambiado en la comunicación corporativa con la llegada
de las nuevas tecnologías y el desarrollo de la sociedad
red?
Joan Costa.- Dicho en sentido amplio, lo que
ha cambiado ha sido la gestión, con la enorme capacidad de
manejo de la información, la velocidad de cálculo
y la potencia de modelización. Pero el problema no es esto.
El problema es lo que no ha cambiado: la mentalidad de muchas empresas.
La tecnología es sólo un aspecto del cambio.
G.C.- ¿De qué manera imagen,
identidad y reputación, elementos del nuevo credo corporativo,
se integran al mundo del E-business y la empresa-red?
J. C. Para mí los puntos cardinales de la
empresa, hoy, son cuatro: identidad, cultura, comunicación
e imagen.
La identidad es el ADN, el “ser” de la empresa. El ser
ella misma única e irrepetible, para crecer, desarrollarse
y durar. La cultura es el “hacer”; lo que la empresa
“hace” y cómo actúa en su interior y en
relación con la sociedad. La comunicación es, internamente,
el “ser orgánico” en tanto que la empresa es
un organismo vivo y actuante, una organización de personas,
y la comunicación es el sistema nervioso central y el flujo
vital. Y al mismo tiempo, la comunicación es el “ser
social”, en tanto que la empresa está inserta en una
sociedad concreta y con la cual se relaciona. Finalmente, la imagen
es la consideración, la evaluación que la empresa
merece ante los diversos públicos más o menos implicados
en ella, más o menos indiferentes. La imagen se forja a través
de la confianza, la credibilidad, la preferencia (o sus contrarios)
que la sociedad otorga a la empresa.
Déjeme destacar que estos cuatro puntos cardinales recubren
la empresa en sí misma como un grupo humano que “emprende”.
Esto abarca su modo propio de hacer y actuar tanto por dentro como
con su entorno; su capacidad para comunicarse y relacionarse, dentro
y fuera; y en consecuencia de todo esto, el modo cómo la
sociedad considera, evalúa la empresa y sus realizaciones,
y cómo actúa y opina. Esta concepción es absolutamente
lógica y transversal.
¿Cómo se integra todo esto al medio tecnológico?
Pues del mismo modo como lo hace la empresa con los demás
vehículos de contacto o de relación directos y a distancia,
pero adaptándose obviamente a las características
tecnológicas. El discurso, el mensaje, la voz y el estilo
es lo que llamamos “discurso de base”. La expresión
de este, diversificada en todas las actuaciones y manifestaciones
de la empresa es lo que llamamos “difusión en diversidad”.
Lo que cuenta es la coherencia.
G. C.- ¿Como llegó Ud. a la teoría
holística de la comunicación corporativa?
J. C. La gran revolución posible –decía
Hayakawa hace varias décadas– es descubrir las relaciones
que hay entre las cosas. Henry Dreyfuss ya había escrito
mucho antes que lo importante no son las cosas, sino las relaciones
entre ellas. Yo siempre había tenido esta convicción,
y en los años setenta comprobé que este sería
un problema, y un problema creciente para las empresas en la medida
en que aumentaría la complejidad. Frente a esta dinámica
general, las empresas habían heredado del fordismo y el taylorismo,
la mentalidad fragmentaria y reduccionista de la división
del trabajo. Debido a ello, todavía hoy los departamentos
de las empresas son compartimentos estancos en lugar de ser vasos
comunicantes. En esta situación, cada departamento hace lo
que de buena fe piensa que hay que hacer, y así se llega
a perpetuar el divisionismo y forzosamente la fragmentación,
no solo de los procesos, sino también de las relaciones.
Entonces, la actuación de la empresa así fragmentada
conduce a la dispersión, que es una tendencia natural de
la energía incontrolada. Y la dispersión es incoherencia,
despilfarro de esfuerzos, resulta cara, genera ineficacia y debilita
la imagen pública de la organización que es uno de
sus intangibles más valiosos.
Estaba bien convencido de que esto es lo
que sucedería, cuando en 1974 fui convocado por el Banco
Nacional de México –que desde entonces se llama Banamex–,
para llevar a cabo un proyecto de cambio realmente trascendente.
Esta fue la ocasión para poner en práctica mi concepción
integradora de las comunicaciones. Después, en 1977, y en
base a esta experiencia real, publiqué un libro pionero:
La imagen de empresa. Métodos de comunicación integral.
Por primera vez la idea de “integrar las comunicaciones”
daba título a un libro en el que di a conocer mi metodología;
desde entonces he seguido insistiendo y progresando en estas ideas.
Para que vea lo avanzado de mi propuesta le diré que recién
después de trece años de la aparición de este
libro Don Schulz publicaba Marketing Integrated Comunnications,
que era evidentemente menos holístico, menos integrador que
mi propuesta, ya que el autor no se interesaba por la empresa como
un todo, sino por una parte: el mercadeo.
Pero la verdadera superación del
“pancomunicacionismo” (que todavía existe en
quienes repiten que “todo comunica”, lo que no es cierto),
está en el pensamiento holístico llevado a la eficacia
empresarial. En este sentido, reivindico lo que lancé en
1995: la fusión estratégica de dos vectores fundamentales
que hasta ahora estaban separados: la comunicología o ciencia
de la comunicación aplicada, y la praxeología o ciencia
de la acción práctica.
El lema, que lancé en el libro Comunicación corporativa
y revolución de los servicios es, de hecho, un axioma: “La
comunicación es acción y la acción es comunicación”.
Una no es nada sin la otra. Es imposible hacer y no comunicar, porque
los hechos hablan por sí mismos. Y es estúpido comunicar
y no hacer nada (aunque comunicar ya es hacer). Hay en el axioma
“Acción = Comunicación / Comunicación
= Acción”, junto con un criterio de eficacia, un principio
de ética.
G.C. Los lectores no familiarizados con el
mundo de la comunicación empresarial corporativa desconocen
los planteamientos de la nueva "filosofía del corporate".
¿Podría explicarles en pocas palabras qué entiende
Ud. por "corporate"?
J.C. Conceptual y prácticamente estoy
en desacuerdo con el enfoque corporate. En uno de mis libros hice
un análisis crítico detallado sobre el corporate y
expuse las razones de por qué lo rechazo. Lo resumiré
en dos partes.
Conceptualmente, el término corporate
proviene del corporativismo medieval, un sistema económico
basado en el control de la producción por parte de las grandes
corporaciones y el supercontrol del Estado. ¿No reconocemos
en esto las grandes multinacionales de hoy en día que constituyen
verdaderos monopolios encubiertos entre poder económico y
poder político? Comprenderá que como punto de partida
de mi trabajo no me interesa porque ahí no hay base operativa
para la comunicación. Es una cuestión de principio.
He buscado en la terminología
latina, es decir humanística, el término corpus. Y
aquí encuentro el sentido práctico, operativo: la
empresa, la organización es un cuerpo orgánico, dinámico;
un organismo vivo y total. Esta interpretación sí
es operativa, y además actualísima, porque concuerda
con la visión de la sistémica, que es la ciencia de
la organización eficaz.
Mi particular versión “corporativa” remite a
la estrategia, la organización funcional y la práctica
de la gestión. Pero está impregnada del espíritu
“institucional” de toda empresa, lo que parece haberse
olvidado. El sentido institucional es un sentido de misión.
Instituir es fundar para durar, desarrollarse y crecer. Y esta concepción
es de la misma naturaleza que la imagen. Ella es lo más general,
abarcativo y perdurable de la empresa a lo largo del tiempo y en
una sociedad concreta. La imagen es lo que queda y permanece cuando
todo ha sido dicho, hecho, consumido y olvidado. La imagen está
instalada en el imaginario social, no está en la empresa.
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