Objeto
de la semiótica
Cuando en una conversación cualquiera digo
que enseño Semiótica, la
primera pregunta de mi interlocutor es: ¿Y eso
qué es? Y al informarle que la
Semiótica es una ciencia que estudia los procesos de significación,
la segunda pregunta no se hace esperar: ¿Y eso
para qué sirve? La respuesta ahora resulta
más compleja. En primer lugar, porque si sabemos qué
es la Semiótica, podremos decir para qué sirve.
Pues bien; la Semiótica es una ciencia, o como prefería
decir A. J. Greimas más modestamente, un proyecto científico
que tiene por objeto de estudio la significación: cómo
se produce y cómo se aprehende la significación. La
significación no es algo dado de antemano; es el resultado
de un proceso de producción. Y puede considerarse desde dos
perspectivas: o como proceso, es decir, la significación
en acto; o como producto, establecido y terminado en un texto. Cuando
hablamos de “texto”, no nos limitamos al texto literario,
oral o escrito; una película, en ese sentido, es un texto;
es un texto una pintura y una fotografía, como lo es igualmente
un partido de fútbol o la procesión del Señor
de los Milagros. Es “texto” todo aquello que tiene sentido.
Sentido y significación
Entre “sentido”
y “significación” hay
que hacer algunas distinciones. El sentido es ante todo una dirección.
Y así hablamos de una avenida de doble sentido, de una calle
de un solo sentido. Decir que “algo” tiene sentido es
decir que tiende hacia alguna cosa. Esa
“tensión” y esa “dirección”
son constitutivas del sentido. La condición mínima
para que una “materia” cualquiera produzca un efecto
de sentido es que se halle sometida a una intencionalidad.
La significación, en cambio, es
un producto organizado por el análisis, por ejemplo, el contenido
de sentido vinculado a una expresión, una vez que esa expresión
ha sido aislada y que se ha verificado que ese contenido y esa expresión
se encuentran ineluctablemente vinculados. La significación
está, pues, ligada a una unidad, cualquiera que sea su tamaño.
La unidad óptima es sin duda el discurso.
Por eso hablamos siempre de la significación
de algo. En consecuencia, la significación
está siempre articulada, mientras
que el sentido está simplemente
orientado. Dicho de otro modo, la orientación
es una propiedad del sentido; la articulación
es una propiedad de la significación. La articulación
se efectúa por diferencias, por grados, por jerarquías,
por dependencias, por polarizaciones, etcétera.
Percepción y significación
Percibir una cosa es ante todo percibir una presencia,
antes incluso de reconocer su figura. En efecto, antes de identificar
una figura del mundo natural, o una noción o un sentimiento
cualquiera, percibimos (o “presentimos”) su presencia,
es decir, algo que, por una parte, ocupa cierta posición
en relación con nuestra propia posición, y cierta
extensión, y que, por otra parte, nos afecta con cierta intensidad.
La presencia, cualidad sensible por excelencia,
es una primera articulación semiótica de la percepción.
El afecto que nos embarga, esa intensidad que caracteriza nuestra
relación con el mundo, esa tensión en dirección
al mundo, es asunto de la mira intencional.
La posición, la extensión y la cantidad, caracterizan,
en cambio, los límites y el contenido del dominio de pertinencia,
es decir, la captación. Así,
pues, la mira y la captación
son las dos operaciones elementales para que la presencia comience
a significar; ellas constituyen las dos modalidades que guían
el flujo de la atención hacia la
significación.
Pero para que un sistema de valores semióticos*
(1)
adquiera cuerpo, es preciso que surjan diferencias
y que esas diferencias constituyan una red coherente. Ésa
es la condición de lo inteligible.
La significación surge siempre de un entrecruzamiento entre
lo sensible y lo inteligible.
Por eso, el sistema de valores semióticos resulta de la conjugación
de una mira y de una captación;
una mira que guía la atención hacia una primera variación,
que es la intensiva, y una captación,
que pone en relación esa primera variación con otra,
de naturaleza extensiva, y que delimita
así los contornos comunes de sus respectivos dominios de
pertinencia.
La mira y la captación
son operaciones elementales que realiza la instancia del cuerpo
propio, definido por J. Fontanille como la forma
significante de una experiencia sensible. El cuerpo
propio es el órgano de la dimensión
propioceptiva, desde la cual participa
tanto de los fenómenos del mundo exterior –dimensión
exteroceptiva– como de los fenómenos
del mundo interior –dimensión interoceptiva–.
La instancia del cuerpo propio se desplaza
incesantemente por el campo en el que se halla instalado, o campo
de presencia. Con sus desplazamientos, determina,
en el campo en el que toma posición, una brecha entre el
universo exteroceptivo y el universo
interoceptivo, entre la percepción del mundo
exterior y la percepción del mundo interior, instalando entre
ambos mundos las modificaciones de la frontera misma. En tal sentido,
la semiosis se encuentra en perpetuo movimiento,
y lo que en un momento constituía el plano del contenido,
en el siguiente puede pasar a constituir el plano de la expresión
de un nuevo plano del contenido. Si el cuerpo percibiente asocia
el color de una fruta [plano de la expresión] con la condición
de “maduro” [plano del contenido], puede desplazarse
en el campo perceptivo para asociar ahora “lo maduro”
[plano de la expresión] con la estación del otoño
[plano del contenido], y con un nuevo desplazamiento, asociar luego
estación de otoño [plano de la expresión] con
la edad madura del hombre [plano del contenido].
La significación supone entonces
un mundo de percepciones, donde el cuerpo propio,
al tomar posición, instala globalmente dos macrosemióticas,
cuya frontera puede desplazarse siempre, pero que tiene cada una
su forma específica. De un lado, la interoceptividad
da lugar a una semiótica que tiene la forma de una lengua
natural o de otro tipo de código, y de otro lado, la exteroceptividad
da lugar a una semiótica que tiene la forma de una semiótica
del mundo natural. La significación
es, pues, el acto que reúne esas dos macrosemióticas,
y eso es posible gracias a la instancia del cuerpo propio
del sujeto de la percepción, cuerpo propio que tiene la propiedad
de pertenecer simultáneamente a las dos macrosemióticas
entre las cuales toma posición.
Estilos de categorización
Una de las capacidades fundadoras de la actividad
de lenguaje (de todo lenguaje) es la capacidad de categorizar
el mundo, de clasificar sus elementos. [La tabla de Mendeleiev es,
en ese sentido, un lenguaje]. No se puede concebir un lenguaje incapaz
de producir tipos, pues de lo contrario
necesitaría una expresión para cada ocurrencia, lo
que sería del todo inmanejable. Lo que manipulan los lenguajes,
incluidos los lenguajes no-verbales, son tipos de objetos
(por ejemplo, un escritorio en general) y no ocurrencias de objetos
(por ejemplo, el escritorio particular que se encuentra en mi oficina).
Únicamente el discurso podrá evocar, luego o paralelamente,
gracias al acto de referencia, tal o cual ocurrencia del
tipo para ponerla en escena.
En el dominio de la imagen, por ejemplo, la necesidad de hacer referencia
a tipos visuales se ha confundido durante
largo tiempo con la necesidad de nombrar los objetos representados.
La imagen de un árbol no es la imagen de ese árbol
porque yo puedo llamarla “árbol”, sino porque
se acerca al tipo visual “árbol”.
Del mismo modo, si reconozco una forma redondeada elíptica,
no es porque la puedo llamar “elipse”, sino porque en
ella reconozco el tipo visual “elipse”.
El que no conozca el nombre y se vea obligado a utilizar una perífrasis
[“algo redondo aplastado”],
no por eso dejaría de reconocer el tipo visual.
La formación de tipos es en cierta
forma otro nombre de la categorización.
Ésa es la formación de clases que todo lenguaje manipula.
E interesa a todos los órdenes del lenguaje: la percepción,
el código y su sistema. Pero la categorización se
pone en marcha especialmente en el discurso,
puesto que preside la instalación de los “sistemas
de valores”.
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