Por: Celia Aldana
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El desarrollo es una de las apuestas que nos tocan, nos sacuden, nos ponen en movimiento provocando múltiples discusiones. Debatimos sobre la economía, sobre la situación del país, sobre la crisis política, como si la vida se nos fuera en ello. Y probablemente sea cierto. Territorio de economistas que nos dicen cómo generar crecimiento económico, de políticos que analizan la coyuntura, de sociólogos que miran los movimientos sociales, los comunicadores hemos estado relativamente ausentes, aunque peleando con cada vez mayor fuerza una presencia más central y comprometida con la definición de nuestro país y su futuro.
¿Pero cuál es la relación que existe entre comunicación y desarrollo? ¿De qué está hecha? El presente artículo pretende explorar esa relación, centrándose en el vínculo que existe entre cultura y desarrollo y la necesidad de que se implementen políticas culturales que tengan la apuesta del desarrollo como norte.

¿Cómo entendemos el desarrollo?

El concepto de desarrollo es amplio, y da cabida a muchísimas interpretaciones. En general se entiende que alude al mejoramiento de la calidad de vida, a las posibilidades de vivir lo que Sen llama una “vida buena”. ¿En qué consiste ésta? Evidentemente, esta noción puede variar de persona a persona: lo que es importante para unos no lo es para otros. Por eso Sen remarca que el desarrollo tiene que ver con la posibilidad de llevar el tipo de vida que valoramos (1999). Sin embargo, existe en general consenso de que uno de los fines centrales de los procesos de desarrollo es la superación de la pobreza, tal como lo demuestran los Informes de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas.
Esto es crucial, pues la pobreza no debiera ser tolerada. Sin embargo, mirar el desarrollo pensando tan solo en ella es también una perspectiva limitada, pues es restringir sus retos tan solo al ámbito económico. Una vida buena está hecha de más. Merklen (2000) plantea que tiene que ver también con la integración social: ¿cómo hacemos para crear sociedades en las que todas las personas sientan que son reconocidas y que les corresponde un lugar? Lo que vimos a través de las audiencias de la Comisión de la Verdad confirman esto, la necesidad de la población de ser escuchada, de ser reconocida, de ser ratificadas como personas valiosas, integrantes e integradas a la comunidad nacional. Un país desarrollado, entonces, no es solo uno en el que las personas pueden alimentarse, vestirse y cuidar de su salud, sino uno en el que además se han erradicado problemas como el racismo, la exclusión de las mujeres, la discriminación étnica, de forma tal que cada grupo se siente representado en la noción que se tiene de comunidad nacional. Esto a su vez permite que cada persona pueda desarrollarse.

Las conexiones entre comunicación y desarrollo

¿Qué tiene que ver el desarrollo con la comunicación y la comunicación con el desarrollo? Para determinar esto es necesario definir la comunicación de manera amplia. El asunto central que la define es la convivencia entre las personas. Es a través de ella que se construyen los sentidos, valores, normas, que nos permiten vivir juntos siendo extraños. Entendiéndola de esta manera, como aquello que permite la convivencia, podemos ver la complejidad de la relación entre ambos aspectos. La comunicación da aportes al desarrollo en por lo menos tres terrenos: la educación, la política y la cultura.
En el campo de la educación son varias las experiencias en el ámbito internacional que demuestran que los medios de comunicación pueden ser usados para generar aprendizajes en diferentes áreas (conocimientos, valores, sensibilidades, habilidades), que a su vez generen cambios en la vida cotidiana de las personas. Los medios de comunicación, las interacciones entre las personas, además de brindarnos información y conocimiento nos sirven como referente en ese constante proceso por el que todos pasamos de definir nuestras identidades y las mejores maneras de actuar. Si el reto desde la educación es crear una sociedad educadora, el papel que la comunicación en general y los medios en particular cumplen es claro.
En el terreno de la política se ha hecho cada vez más evidente que los medios de comunicación son uno de los principales escenarios en los que esta se realiza. Más aún si aspiramos a una democracia que no sea tan solo una formalidad o un voto que se emite cada cierta cantidad de años, sino que esté hecha de procesos de deliberación que nos lleven a tomar decisiones racionales. Los medios de comunicación proveen el marco en el que se pueden dar los debates y exponer los diferentes puntos de vista. Ahí la ciudadanía tiene la posibilidad de canalizar su presión, las autoridades tendrán el espacio para proponer y responder y las decisiones podrán ser vigiladas, así como se revelarán los oscuros actos de corrupción. Los periodistas enfrentan retos centrales como el de la equidad y la necesidad de volver visibles a quienes por las relaciones excluyentes de poder no lo son, o el de ser capaces de informar sobre lo que es realmente relevante.
Los dos aspectos antes mencionados son los dos campos en los que la comunicación aporta de manera más clara y concreta al reto del desarrollo. La tercera área, la de la cultura, está íntimamente vinculada con las dos previas (pues no es posible hablar de comunicación sin al mismo tiempo hablar de cultura), pero tiene también campo propio. Es, sin embargo, más difícil de definir, pues es más difusa.
Existen múltiples formas de entender la cultura, una de ellas es la propuesta por Subirats, quien la conceptualiza como una serie de representaciones comunes, compartida por un conjunto de personas, que nos permiten orientarnos en el mundo, nos dan una memoria común y –quizás lo más importante– nos proveen un conjunto de reglas que hacen posible nuestra convivencia (2005). Esta es una definición útil, pues nos deja ver la relación productiva que hay entre discurso y práctica: la forma como vemos el mundo influye en cómo lo entendemos, y esto a su vez orienta nuestro actuar en él. Por otro lado, la manera de ver el mundo nos permite entender nuestro lugar en él y comprender quiénes somos. Las representaciones son cruciales en la construcción de las identidades.

¿Cómo se relacionan cultura y desarrollo?

Ésta ha sido una de las preguntas centrales que en los debates sobre desarrollo se ha venido discutiendo en los últimos años, pero no solo desde la antropología, la sociología o la comunicación, sino desde la economía, que no logra terminar de comprender por qué en unas sociedades los modelos económicos sí funcionan mientras que en otras no (Kliksberg, 2000). Desde este terreno se ha acuñado el concepto de “capital social”.
La conclusión general es clara: para que se den procesos de desarrollo es necesario trabajar también con el campo de la cultura, ya sea para aprovechar sus fortalezas o para generar transformaciones. La cultura juega un rol central en los siguientes aspectos: 1) al hacer posible que una comunidad actúe como tal al sentirse sus miembros identificados con ella, 2) al fortalecer los lazos de confianza entre sí y por tanto la capacidad de cooperación, 3) al superar la barrera de la impotencia, la indiferencia, la apatía de los ciudadanos, 4) al ser un elemento fundamental para el desarrollo de las capacidades de los individuos, impulsando sus procesos de empoderamiento.
Ahora bien, para entender correctamente el rol jugado por la cultura en los procesos de desarrollo es necesario establecer algunos valores centrales. El primero es que cuando hablamos de comunidad no nos referimos a un grupo que se asume homogéneo. Eso es imposible y la única forma de alcanzarlo es cuando quienes no tienen poder se pliegan calladamente. Tampoco imaginamos una sociedad en la que no hay conflicto, sino una que sabe canalizar y resolver sus conflictos de manera pacífica y dando la oportunidad a que todos se expresen y sean escuchados. Es decir, hablamos de una sociedad que es capaz de mirarse a sí misma tal cual es, que puede reconocer sus diferentes componentes, que sabe valorar su pluralidad. Un valor central para el desarrollo, entonces, es la equidad: la igual valoración de quienes son distintos. En este sentido, constituirnos en una sociedad intercultural, capaz de “estar juntos hoy” (Reguillo, 2002) es un reto fundamental.

 

 

 

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