El
hombre se hace símbolo del hombre [2].
El mito es, ante todo, sentido vivido hecho significación
en una forma simbólica concreta. En la esfera del mito, tiempo
y ser ‘se dan’ como envío, misión y destino.
El hacerse el hombre símbolo de Sí Mismo comienza
en el hacerse mito, sumido en la tensión vital con lo Otro
y consigo Mismo. Y hacerse mito es ‘mundanizar’ y ‘cosmizar’
[3].
En primera instancia hemos explorado el paso o tránsito
de la existencia mítica a la conformación simbólica.
Para ello, partimos de los fenómenos semióticos más
generales: sentido y significación; y buscamos establecer
proporciones analógicas con las categorías propias
de la filosofía del mito: lo mítico y lo mitológico.
Es aquí donde hallamos dos pistas: la primera se refería
a la escisión que experimenta el concepto de ‘mito’
en ‘mítico’ y ‘mitológico’
y la segunda a los dos aspectos, simbólico y semiótico,
del devenir objeto de nuestro estudio. Así, lo simbólico
–fenómeno espiritual de emergencia y de dotación
de ‘direcciones de sentido’ en lo sensible– y
lo semiótico –fenómeno de articulación
de esas ‘direcciones de sentido’ en signos concretos
e inteligibles– resultaron ser instancias de un recorrido
que definió lo mítico, como orden del sentido, en
contraste con lo mito-lógico, orden de la significación;
y que, de paso, desbrozó el camino para la discusión
sobre la presunta racionalidad del mito.
De ahí que otra proporción analógica se impuso
con la misma fuerza que la anterior, esta vez para destacar, a partir
del contraste explícito de lo simbólico y
lo semiótico, la irrupción de dos categorías
francamente demarcadoras, a saber: expresión y significación.
Categorías entre las cuales se desplegaba, en sus complejas
gradaciones y umbrales, la problemática de la representación.
No se trata, por cierto, de ‘reinos soberanos’ y menos
aún de conceptos estáticos; estamos ante categorías
que participan todas ellas de la misma energía de sentido
y que, de algún modo, ‘se compactan’ gracias
a dos problemáticas reconocidas por la hermenéutica:
la de la comprensión y la de la interpretación. Obviamente,
el marco de ese deslinde requirió de una referencia a la
obra de Cassirer directamente concerniente al tema del mito y de
una somera exposición de la arquitectónica de la Filosofía
de las formas simbólicas. En ese contexto, la tesis
del conocimiento como creación común presentó
la forma simbólica como acción, actividad, energía
(o praxis) específica que, precisamente, permite hacer
mundo. Aquí se perfiló una hipótesis de
trabajo: el recorrido fenomenológico de la presencia
a la representación es, al parecer, homologable
con el recorrido semiótico del sentido a
la significación.
En efecto, el verdadero tema y problema de la Filosofía
de las formas simbólicas lo constituye ese tránsito,
esa metábasiV del sentido de la
existencia al sentido ‘objetivo’ del ‘logos’.
La querella entre Cassirer y Heidegger (Davos, 1929) [4],
nos permitió, luego, encuadrar la problemática general
de esta primera parte de nuestro trabajo. Quedó clara aquí
una diferencia de pertinencia que, según creo, no entraña
incompatibilidad radical entre ambas posiciones, pues está
claro que tienen en común su preocupación por el sentido.
Postulamos que una intencionalidad orienta al Dasein mítico
hacia la actividad simbólica. En el marco de esta última,
el estudio del esquematismo fue configurando otra hipótesis
de trabajo: tanto la forma simbólica como la semiosis
son comportamientos de conformación orientados
hacia el ente y, como tales, precisan de una articulación
de lo sensible con lo inteligible. En la tarea de precisar esos
comportamientos de conformación resulta
central, en términos de Heidegger, la imaginación
productiva como exhibitio; esto es, como potencialidad
creadora que abre la ruta de una infinitud en los modos de entender
el ser desde la experiencia interior del existente. Esta cuestión
fue decisiva para entender conceptos como el de ‘vivencia
expresiva’ o ‘fenómeno expresivo’, piedras
angulares de la concepción que tiene Cassirer del pensamiento
mítico; pero, además, recogiendo una certera idea
de Bachelard, para postular que la imaginación como exhibitio
no tiene tanto que ver con la imagen como con el imaginario (lo
que en términos semióticos empata con el giro
del signo al discurso).
La idea de ‘abrir la ruta de una infinitud en los modos de
entender el ser desde la experiencia interior del ente’ está
presente, de algún modo u otro, en las tres preguntas que
Heidegger formula a Cassirer. Para ser breves, el tema de nuestro
ensayo no solo impuso que nos centremos en las respuestas de Cassirer
sino que las tomemos como guías fundamentales para la comprensión
del mito como forma simbólica: en primer lugar, el hombre
participa de la infinitud cambiando su existencia en forma.
La existencia no es forma pero va siendo cambiada por la
forma, va siendo “informada”. He aquí la tensión
entre vida y espíritu que tanto preocupaba a Cassirer: aquella
se resiste, retrocede; este, se despliega, avanza, progresa. No
es casual, entonces, que el sentido solo pueda ser aprehendido en
su transformación. No obstante, esa metábasiV
de la inmediatez de la existencia a la región de la forma;
que, por lógica, es una región de ‘mediatez’
o de mediación, comporta grados. El grado máximo o
más abstracto de mediación, diríamos que un
límite, es el eidoV, la ‘forma
pura’, muy alejada de los avatares concretos de la existencia
(y asociada a la lógica analítica de la identidad).
Pero la forma, como respuesta al desafío del evento o del
acontecimiento de la existencia, es simbólica (asociada a
la lógica sintética de la relación). Su valor
no es meramente teorético sino práctico. De ahí
que el símbolo nos pone en la tensión misma de la
infinitud como horizonte existencial, tema de la segunda pregunta
que Cassirer responde así: la infinitud no se conquista privativamente
negando lo finito sino completándolo. En esa medida, ya en
orden a la tercera pregunta, la filosofía, en espe-cial la
del mito, debería y podría liberar al hombre de la
angustia ante la nada. Entonces, ¿estar arrojado junto
a otros en medio del ente no es, acaso, ser simbólico
y estar abierto al acto de tomar posición y de fundar
así una instancia de discurso y, por ende, una instancia
de conformación simbólica? Esa inquietud condujo a
una presunción relativa a la constitución de la forma
simbólica como condición de posibilidad de lo común
(comunicación, comunidad, comunión) y del estar-en-la-verdad.
La metáfora-guía para la concepción de la verdad,
acota Vattimo, ya no consiste en asir, en ‘aferrar’
(comprender; Begriff, con-cipere, grasp, etcétera),
sino en habitar: decir la verdad significa expresar –manifestar,
articular– la pertenencia a una apertura en la cual se está
ya siempre arrojado. En la dinámica simbólica del
‘estar arrojados a una apertura’, lo simbolizado que
se abre, que se sustrae y atrae, excede a lo simbolizante. Esa situación
‘nos condena’, en lo esencial, a poetizar e interpretar
para articular una comprensión mítica de la totalidad
del ente en la que ‘se nos va’ la vida.
Arribamos así a la problemática de la cosmovisión
entendida básicamente como una toma de posición
o postura que remite a un modo de habitar el conjunto del ente.
En esa medida, la cosmovisión es también toma
de posesión, fuerza motriz básica que pone orden
en nuestra existencia. Pertenece, pues, a un comportamiento (verhaltung),
a una actitud, a un “haberse” que sostiene y determina
de raíz a la existencia.
Página 1 2
3 4
5 6
7
Regresar a los artículos
Descargar versión
imprimible del artículo en PDF
|