En el libro
Elogio de la sombra de Yunichiro Tanizaki descubrimos
cómo el autor va introduciendo de manera evocativa
la singular belleza de los objetos artísticos,
el vivo encanto de elementos cotidianos, gracias al
tamiz del resplandor que destella dentro de la oscuridad.
Lo oculto accede a penetrar hacia el misterio que se
desnuda en reposo: reflejos de luz que rozan con debilidad
y delicadeza los lugares más secretos de nuestra
interioridad.
El alumbramiento e intensidad
que despierta en los sentidos, asoma imperceptiblemente
hacia el asombro. Lo velado nos conduce bajo un halo
silencioso al encuentro de ese encanto sutil; eco de
contemplación y culto propio del goce estético.
La naturaleza es parte de un
ritual tradicional propio del Japón; una vocación
de internarnos hacia el corazón del cosmos, entre
luces y aromas plenos de fragancias y colores, como
la floración del cerezo, que despierta en primavera
y cuyo esplendor tan sólo dura pocos días,
reflejando así la fugacidad de la vida, la belleza
de lo efímero.
.
El célebre haiku de Katzu puede sugerirnos en
tan sólo tres versos ese estado de naturalidad:
Viento agitado
mudándose de rama
la flor del cerezo
Pero lo que pretende esta breve
reflexión parte de un claro motivo ligado a lo
bello y lo sublime: alusiones hacia la vacuidad y el
silencio. Un nuevo pero distinto acercamiento que no
nos inhibe de rescatar otras formas del comportamiento
estético japonés: el aspecto de lo sublime
relacionado con lo trágico en una escena cinematográfica
de la película Ran de Akira Kurosawa.
Kurosawa recrea en la secuencia
de la toma del castillo imágenes delirantes y
sangrientas de la batalla en las que no advertimos sonidos
naturales, como el estruendo que producen las carretas
de soldados, los caballos al galope, las luchas cuerpo
a cuerpo, sino el fascinante efecto de contraste y contrapunto
entre música e imagen: los personajes parecen
moverse con más lentitud y la escena alcanza
mayor intensidad y un sutil patetismo gracias al Adagio
con que Toru Takemitzu acompaña el motivo de
la batalla en Ran y que su música, al no seguir
la acción fielmente, ofrece un fascinante efecto
de contraste, similar al que una voz solista puede provocar
sobre un constante ostinato en el que sólo imagen
y música comparten este fragmento.
Particularmente estaríamos
hablando, entonces, de un contrapunto analógico
entre la puesta en escena y la acción de lo real.
La diégesis (lo que la pantalla nos muestra)
se mueve dentro de un significado paralelo entre lo
que se ve y lo que se sugiere. Lo no diegético
(en este caso música agregada a la escena y que
dentro del contexto de lo representado no escuchan los
personajes) genera una metáfora sintética
que actúa en oposición a la propia imagen,
matizando y agregando efectos ambivalentes.
Si las características
del arte japonés van ligadas a la belleza, la
meditación, el recogimiento y la quietud, en
el fragmento de la película Ran (Caos) aparece
la sangrienta lucha, que por más de seis minutos
de duración, nos muestra imágenes patéticas,
delirantes, de horror, muerte, suicidio acompañadas
por el sugestivo tratamiento de la música.
Hablando sobre lo sublime, Longino
reflexiona: "Sin pathos no se puede concebir lo
sublime. O bien surge de una pasión que todo
lo penetra, o bien es sugerido por múltiples
emociones combinadas, que en su síntesis impresionan
de un modo completamente distinto a como lo hubieran
podido hacer cada uno por separado. Lo trágico,
relacionado con lo espantoso, es una forma de esta sublimidad;
pero también es la poesía amorosa de Safo,
que es fuego y hielo, llanto y risa, sabiduría
y locura, temblor y deseo, vida y muerte. La sublimidad
de una descripción homérica de la tempestad
es resultado de una unidad sintética de destellos
impresionantes y espantosos".
Kurosawa, en la escena del castillo,
podría haber mostrado en las imágenes
mayor crudeza y patetismo, eligiendo un score que refuerce
la tragedia: efectos delirantes, atonales, continuos
sonidos de percusión, acordes disonantes e intensos,
apoyándose en sonidos naturales como gritos desesperados,
zumbido de flechas, estallido de armas de fuego, voces
y quejidos agonizantes dentro de un espacio desolador
y desesperado. Pero el cine permite matizar y recrear
gracias al contrato audiovisual nuevas manifestaciones
por donde el horror se transforma en sublime.
De la interacción entre
música e imagen se obtienen resultados completamente
sorprendentes. Así, Michel Chion anota: "En
la combinación audiovisual, una percepción
influye en la otra y la transforma: no se ‘ve’
lo mismo cuando se oye; no se ‘oye’ lo mismo
cuando se ‘ve’ (…). Una escena inmersa,
pero coloreada de alegría o tristeza mediante
la música, parecerá explicar por sí
misma este sentimiento, sin necesidad aparente de la
música. Inversamente, la propia música
será coloreada de cierta manera por la escena
a la que está asociada. Así imagen y música
exacerban recíprocamente su expresión".
En referencia al tema, Roberto
Cueto hace la siguiente alusión: "La música
intensifica así la singularidad o importancia
de una escena determinada y evita la reiteración
y la cacofonía al repetir lo que es obvio visualmente:
cuando aparece es que esa escena posee un valor determinado
y le añade una dimensión nueva, diferente
a lo visto anteriormente (…). Por ejemplo, en
la batalla del filme Ran (1985), de Akira Kurosawa,
una música belicosa y marcial hubiera implicado
una glorificación del combate y la batalla, pero
el Adagio que escuchamos muestra el comentario del director,
una triste visión de los horrores que pueden
traer los excesos de ambición y poder".
Debido al contraste entre música
e imagen, la secuencia se apropia de un contrapunto
poético. Las imágenes de horror se ven
veladas por el tratamiento de un sutil patetismo. Referencias
que no encontramos en otros filmes como La pasión
de Cristo de Mel Gibson. Allí, las representaciones
son crudas, delirantes, sin que se produzca el efecto
sugerido de lo sublime y mucho menos de aquello espantoso
pero estético de que nos habla Longino. En La
pasión de Cristo, las secuencias nos afectan
hasta el delirio y la insatisfacción, aunque
la propuesta sea otra.
En Ran, sangre,
muerte, agonía develan un tratamiento estético:
la música ilumina las imágenes sombrías,
las envuelve de misterio y evocación hacia nuevas
significaciones.