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Por: Jose Carlos Huayhuaca* Página 1 de 2
 
 

Algunos estudiantes de mi curso sobre apreciación cinematográfica, consideran exagerada mi tajante negativa a permitirles ver una película que ya ha empezado. “¿Admitirían ellos leer una novela carente de las dos o tres primeras páginas?”, replico; y el argumento implícito en la analogía suele ser suficiente respecto a lo que llaman “la película propiamente dicha”. Pero si aún se están proyectando los créditos, entonces se trataría de un mero capricho de mi parte.

No lo es, si tomamos en cuenta que, en los mejores casos, también los créditos juegan un rol importante, por lo común generando determinada atmósfera, o poniéndonos en una suerte de sintonía con la onda del relato subsiguiente—ya sea a través de la música, de las a veces muy sofisticadas animaciones provistas por los titles designers, o incluso del tipo y color de las letras articuladas con sus respectivos fondos. Pero bastante más está en juego cuando los films tienen un prólogo, como es el caso -entre muchos- de Pulp fiction; o cuando los créditos van “sobre imágenes”, como en el notable ejemplo de El silencio de los inocentes (Silence of the lambs, 1997 , dirigida por Jonathan Demme). El caudal de (tácita) información que se nos da a lo largo de la presentación de esta película, puede parecer circunstancial en un primer momento; pero según avanza, o cuando ya ha terminado, gana relevancia retrospectivamente, enriqueciendo de modo decisivo su significado. ¿Qué es lo que vemos mientras se suceden títulos, nombres y cargos?

¿De qué huye (o adónde va) la agente Starling?

Para la mirada del espectador distraído, que todavía conversa con su vecino de butaca o aprovecha para extraer los últimos pop corns de su bolsa, sólo se trata de una chica que hace jogging a campo traviesa, hasta que un agente del FBI le dice que la buscan con urgencia, por lo que ella tiene que interrumpir su ejercicio e ir a la cita. Pero lo que ocurre en realidad, o lo que los espectadores atentos logramos registrar, aun “sin saberlo”, es otra cosa, que descifraremos sólo después.

Todo comienza con un fragmento de cielo gris y la copa de un árbol. La cámara desciende y descubrimos un bosque sumido en una densa neblina, de cuya hondura -más precisamente: de abajo y del fondo- emerge una jovencita que viene corriendo hasta la parte alta, adonde trepa con esfuerzo, mediante una soga: ¿qué ocurre, quién es, de dónde ha salido? La música refuerza esa sensación de incógnita pero también insinúa soledad y tristeza. A medida que la joven se nos acerca, la escuchamos jadear y vemos que su ropa está húmeda de sudor. En su semblante convergen la vulnerabilidad con una determinación que la hace sobreponerse a su propio cansancio y proseguir, a la carrera otra vez: ¿va hacia algo o más bien huye? (tengamos en cuenta que, en ese punto, la música incluye acentos como de amenaza o peligro).

 

No obstante lo usuales que lucen el buzo y las zapatillas de jogging de la chica, el “clima” suscitado por su actitud, por la música que se hace más dinámica, por el súbito apremio que cobra todo el ritmo del film, por la cámara que de los amplios espacios iniciales pasa a opresivos close ups del rostro crispado y los pies que corren cada vez más de prisa; ese “clima”, digo, no parece corresponder a un afán deportivo sino a algo más bien ominoso, remarcado por la bruma que obstruye el sendero siguiente, en el que ella se adentra con resolución. Pero cuando emerge de ahí, encuentra un obstáculo típico de campo de entrenamiento (¡ah, se trataba de éso!), el cual supera con solvencia aunque desplegando siempre mucha fuerza de voluntad—hasta detenerse de súbito al escuchar que la llaman a gritos. “Debe dejar sus ejercicios pues se la requiere con urgencia”, le informa un hombre en cuya gorra figura una sigla que conocemos bien: FBI. Ahora ya todo está claro: era la joven recluta Clarice Starling, haciendo sus prácticas cotidianas.

 

Con estas nuevas luces orientándonos sobre lo que ocurre, además de la repentina presencia de otra luz -la del sol- filtrándose entre los árboles cuando creíamos estar en un día cubierto, vemos luego a diversos estudiantes que también se ejercitan, al costado de un edificio moderno cuyos bloques están unidos por un puente cubierto de lunas transparentes. La recluta lo cruza con diligencia, hasta llegar a un ascensor al que ingresan ocho o nueve hombres uniformados, entre quienes ella luce frágil y pequeña, pero no amilanada. Los créditos concluyen cuando la vemos ingresar a la sección de “Ciencias de la Conducta”, donde tiene su cita.

 

La noche de los corderos inocentes

Lo demás ya se conoce: allí le darán la misión de intentar que el famoso asesino serial Hannibal Lector aporte su concurso para la captura del nuevo astro de esa escalofriante especialidad: Buffalo Bill, y de ese modo Clarice Starling se embarcará en la vertiginosa aventura suficientemente difundida por el célebre film. Lo interesante es, repito, la nueva significación que adquiere el segmento arriba descrito, una vez que el relato entrega sus episodios, y cómo, a su turno, tal giro desplaza el núcleo semántico del film: de thriller de acción donde convergen ilustres géneros como el policial y el terror, a estudio de caracteres—o mejor dicho, a una parábola psicológica, a la manera de ciertos cuentos de hadas. En efecto, al margen de los momentos centrales del film -múltiples crímenes, peripecias de la pesquisa policial misma, instancias de ruidosa intervención con armas, espectaculares fugas, etc. -, ahora ganan protagonismo tanto los recuerdos de infancia que irrumpen por momentos en la conciencia de la joven, cuanto otra pesquisa “detectivesca”: la que ejerce el psiquiatra Lecter en el orbe emocional de Clarice. Así, nos enteramos de modo explícito de algunas cosas, e implícitamente de otras.




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