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Por: Mario Gutiérrez* Página 1 de 2
 
 

¿Que es lo que esta mal en nuestra TV?... Básicamente todo… La manera en que ella se concibe, la forma en que se difunde, sus contenidos y, principalmente, la incapacidad de pensarse a futuro…

La mejor forma de evidenciar las “varias crisis” por las que atraviesa la televisión nacional es a partir de lo que se considera su esencia y materia prima; es decir, la programación. Concebida como un flujo continuo de programas y dirigida a un público masivo, la tradicional lógica que estructura programas según criterios de marketing y costos de producción, se ha vuelto obsoleta y ha perdido su sentido frente a otras formas de comunicar.

En principio, creemos que es la lógica broadcast la que esta en crisis y no la televiisón. Una forma de concebir el medio en función de su rentabilidad y espectacularidad masiva, que ya no es capaz de responder a los cambios de los nuevos tiempos. Si la televisión masiva y abierta ya no logra definir su propia oferta, si no sabe a quien ofertarla y no entiende bien quien demanda sus programas, difícilmente algo que se construya sobre su propuesta programática podrá estar bien.

Siendo la programación la propia estructura de la televisión y la base donde se construye todo lo que ella significa, no es de extrañar que la ineptitud de las emisoras para responder a los nuevos tiempos se manifieste en la banalización de sus contenidos, la corrupción de sus gestores, la crisis financiera de sus empresas, la pérdida de valores éticos de sus profesionales y, principalmente, en la incapacidad para renovar sus formas de expresión.

En los últimos 50 años, muchos cambios tecnológicos y políticos han afectado y empujado a la televisión masiva hacia una evolución gradual del medio: la televisión a colores, el video, la microondas y el satélite. Pero ninguna significó una verdadera revolución en sus formas de expresión y manejo estético.

El avance de la telemática, la generalización de la televisión por cable, la hegemonía transnacional de productoras de televisión, la demanda fragmentada de los públicos y principalmente la digitalización de la información, son las principales causas globales de las diversas crisis que sufre la televisión abierta: financiera, ética, institucional, perdida de credibilidad, etc., que en realidad son consecuencias de un proceso en transición, que por exigir una reflexión mas allá de lo inmediato, mucha gente de la propia televisión no logra darse cuenta.

Hoy las nuevas formas de hacer televisión y de usarla, están marcadas por una ruptura no solo tecnológica sino básicamente epistemológica: lo digital. Ya no se trata de una nueva técnica o del perfeccionamiento de una tecnología más funcional, sino del quiebre conceptual de una expresividad analógica basada históricamente en la linealidad de los relatos y programaciones. El video reemplazó la película, el satélite mejoró las antenas, la televisión a colores trajo esencialmente colores, pero ninguna de estas tecnologías transformó el sentido de hacer televisión. Lo que tenemos ahora es otra cosa. Las nuevas posibilidades nos hacen girar esencialmente hacia la expresión de la televisión digital.

Las operadoras de cable y de telefonía son las que están decidiendo sobre lo que vemos o no en las pantallas y sobre el futuro de la televisión. Son los paquetes del cable, las concesiones a canales locales, las emisoras especializadas por genero, los servicios on-demand, los eventos pay per view y los canales de televentas, los que están organizando la nueva forma de ver la televisión y llevándose, poco a poco, las mejores porciones de la torta publicitaria, mientras los canales broadcast, siguen repitiendo fórmulas obsoletas.


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