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¿Que es lo que esta mal
en nuestra TV?... Básicamente todo… La
manera en que ella se concibe, la forma en que se difunde,
sus contenidos y, principalmente, la incapacidad
de pensarse a futuro…
La mejor forma de evidenciar
las “varias crisis” por las que atraviesa
la televisión nacional es a partir de lo que se considera su
esencia y materia prima; es decir, la programación.
Concebida como un flujo continuo de programas y dirigida
a un público masivo, la tradicional lógica
que estructura programas según criterios de marketing
y costos de producción, se ha vuelto obsoleta
y ha perdido su sentido frente a otras formas de comunicar.
En principio, creemos que es
la lógica broadcast la que esta en crisis y no
la televiisón. Una forma de concebir el medio en función
de su rentabilidad y espectacularidad masiva, que ya
no es capaz de responder a los cambios de los nuevos
tiempos. Si la televisión masiva y abierta ya no logra definir
su propia oferta, si no sabe a quien ofertarla y no
entiende bien quien demanda sus programas, difícilmente
algo que se construya sobre su propuesta programática
podrá estar bien.
Siendo la programación
la propia estructura de la televisión y la base donde se construye
todo lo que ella significa, no es de extrañar
que la ineptitud de las emisoras para responder a los
nuevos tiempos se manifieste en la banalización
de sus contenidos, la corrupción de sus gestores,
la crisis financiera de sus empresas, la pérdida de
valores éticos de sus profesionales y, principalmente,
en la incapacidad para renovar sus formas de expresión.
En los últimos 50 años,
muchos cambios tecnológicos y políticos
han afectado y empujado a la televisión masiva hacia una evolución
gradual del medio: la televisión a colores, el video, la microondas
y el satélite. Pero ninguna significó
una verdadera revolución en sus formas de expresión
y manejo estético.
El avance de la telemática,
la generalización de la televisión por cable, la hegemonía
transnacional de productoras de televisión, la demanda fragmentada
de los públicos y principalmente la digitalización
de la información, son las principales causas
globales de las diversas crisis que sufre la
televisión abierta:
financiera, ética, institucional, perdida de
credibilidad, etc., que en realidad son consecuencias
de un proceso en transición, que por exigir una
reflexión mas allá de lo inmediato, mucha
gente de la propia televisión no logra darse
cuenta.
Hoy las nuevas formas de hacer
televisión y de usarla, están marcadas
por una ruptura no solo tecnológica sino básicamente
epistemológica: lo digital. Ya no se trata de
una nueva técnica o del perfeccionamiento de
una tecnología más funcional, sino del quiebre
conceptual de una expresividad analógica basada
históricamente en la linealidad de los relatos
y programaciones. El video reemplazó la película,
el satélite mejoró las antenas, la
televisión a colores trajo esencialmente colores, pero ninguna
de estas tecnologías transformó el sentido
de hacer televisión. Lo que tenemos ahora es otra cosa. Las
nuevas posibilidades nos hacen girar esencialmente hacia
la expresión de la televisión digital.
Las operadoras de cable
y de telefonía son las que están decidiendo
sobre lo que vemos o no en las pantallas y sobre el
futuro de la televisión. Son los paquetes del cable, las concesiones
a canales locales, las emisoras especializadas por genero,
los servicios on-demand, los eventos pay per view y los
canales de televentas, los que están organizando
la nueva forma de ver la televisión y llevándose, poco
a poco, las mejores porciones de la torta publicitaria,
mientras los canales broadcast, siguen repitiendo fórmulas
obsoletas.
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