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Por: Julio Hevia* Página 6 de 6
 
 

¿Preguntémonos, sin embargo, en qué se transforma esa mítica humildad cuando, jerarquías mercadológicas y fantasmas raciales aparte, se alude a una marca férrea y a unos planteamientos tácticos altamente eficaces? Más aún ¿en qué se transforma la humildad cuando se habla de un modo puntual de administrar los tiempos y manejar los espacios sobre el césped? ¿Es el espíritu de lucha del equipo grande el equivalente a la humildad del más pequeño? Quizá se condensen y disimulen, en la superficie de tal calificación, todo un inventario de razones no demasiado razonadas; lógicas, en fin, demasiado ideológicas. Así, aquel monoteísmo que todo lo catequiza, ese dulce paternalismo de resabios xenofóbicos, unas megalomanías demasiado blancas, por siempre puras, en exceso pesadas como para hacer declinar la soberbia clasista de cada día. La humildad de los hombres del Cienciano es la de unos entes anónimos en la urbe futbolística y por ello, tanto más sorprendentes en su arribo; la humildad de los hombres de Cienciano es, no en vano, la de unos ilustres desconocidos pero también la de una fuerza imbarajable en su tozudez e impertérrita en su discurrir.

Dos veces discriminados entonces, una vez en tanto peruanos, y otra en tanto provincianos del propio Perú, llama más aún la atención el terco empecinamiento de este grupo de gente en alcanzar un objetivo invariable: coronarse campeones de un evento de especial relieve en el concierto internacional del fútbol. Campeonar, recordémoslo, es un verbo acuñado en nuestra tierra. Imaginado tiempo atrás, validado recientemente por la Real Academia de la Lengua. El infinitivo campeonar de clara inspiración pelotera no remite a acontecimientos internacionales con que nos saludemos con demasiada frecuencia. A la inversa, el hecho de campeonar brilla por su ausencia en los forcejeos con los países vecinos y, a manera de consuelo, suele canjearse por los trofeos locales y las pugnas, por demás conocidas, entre tres o cuatro clubes de la capital.

Señalemos lo indispensable, acojámonos a lo que Freud llamaba principio de realidad. Tampoco estamos ante un grupo de gente negada. No es el Cienciano un equipo que nace de la noche a la mañana, dicho once dista de ser un cuadro sin oficio ni beneficio. Ya lo hemos dicho, no se trata de insistir, como lo dicta el siempre paleteado sentido común y una cierta psicología decimonónica, que la dieta del huevo y el temperamento, del puro ceño fruncido y el nervio tenso, basten para soslayar el valor que una percepción atenta y adiestrada aporta para socavar el concurso que una inteligencia presta nos presta.

Volvamos a la humildad: ¿Acaso se nos está invitando a concluir que la gran capacidad mostrada por este equipo, tanto en su calidad de local como de visitante; que el mantenimiento de un ritmo, un orden y un estilo sostenidos en diversos escenarios y ante otros tantos adversarios; que su vocación para ejercer la marca y no desmayar nunca en aquel propósito; que su sentido de la oportunidad para inaugurar siempre, y contra todo pronóstico el marcador; en fin, que su empeño, inclaudicable, en remontar situaciones desfavorables es la resultante exclusiva o el efecto prioritario de la humildad? ¡Por favor!

Mejor consideremos lo difícil que resulta aceptar hidalgamente, sin peros escondidos, una derrota que no acontece ante un rival superior ni ante una potencia equivalente, sino justamente cuando tal debacle se da ante uno de esos que no tenían el derecho a imaginar tal resultado; ante un contrincante prohibido de aspirar a tal corolario; ante un oponente que no debía atreverse, siquiera, a soñar con dicho epílogo. Digámoslo en voz alta: Cienciano ha emergido a nivel internacional de esa lista oscura y anónima integrada por todos los que, condenados a llegar tarde, se aglomeran al final de la fila. Cienciano tendría que haberse mantenido, para la élite, en la lista de invitados a considerar para el baile de los que sobran. Pero, tal cual señala por allí un personaje de Chesterton: las ideas serán rebatibles, pero los hechos son irrefutables y ese es, precisamente, su valor más contundente. Así se desgarre quien se desgarre y lo lamente quien lo lamente, Cienciano es el dueño de la Copa Nissan Sudamericana. Admitamos que en muy pocos lugares de este, nuestro mundo contemporáneo, infectado de tanta corrupción y afecto a diversidad de simulacros, puede aún degustarse, apetecible y tentadora, una ración de verdad.

Para concluir, diremos que es bueno celebrar sin falsas modestias este logro, y más aún, sopesar el valor que a propósito de su consumación detentan los reconocimientos que le han sido concedidos, fueran estos públicos o privados, oficiales o espontáneos, efectos todos que permiten, al fin y al cabo, asentar y consolidar con justeza y necesidad los méritos que aquel trabajo conlleva. Hay –no lo olvidemos– todo un conjunto de hallazgos que describen y certifican, a nivel de la psicología de los comportamientos sociales, el lugar y dimensión que alcanzan, en toda época y lugar, las gratificaciones que suceden a nuestros empeños, las recompensas con que se coronan nuestros propósitos. Tales experiencias demuestran la alta probabilidad de reafirmación que nutre a las respuestas mejor acogidas por el auditorio; su defensa, de repente impermeable, a la temida extinción, luego de haber sido ampliamente recompensadas por la mirada, a veces admirada, del mundo. ¡Salud por ellas!




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