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¿Preguntémonos,
sin embargo, en qué se transforma esa mítica
humildad cuando, jerarquías mercadológicas
y fantasmas raciales aparte, se alude a una marca férrea
y a unos planteamientos tácticos altamente
eficaces?
Más aún ¿en qué se transforma
la humildad cuando se habla de un modo puntual de administrar los tiempos
y manejar los espacios sobre el césped? ¿Es
el espíritu de lucha del equipo grande el equivalente
a la humildad del más pequeño? Quizá
se condensen y disimulen, en la superficie de tal calificación,
todo un inventario de razones no demasiado razonadas;
lógicas, en fin, demasiado ideológicas.
Así, aquel monoteísmo que todo lo
catequiza, ese dulce paternalismo de resabios xenofóbicos,
unas megalomanías demasiado blancas, por siempre
puras, en exceso pesadas como para hacer declinar la
soberbia clasista de cada día. La humildad de
los hombres del Cienciano es la de unos entes anónimos
en la urbe futbolística y por ello, tanto más
sorprendentes en su arribo; la humildad de los hombres
de Cienciano es, no en vano, la de unos ilustres desconocidos
pero también la de una fuerza imbarajable en
su tozudez e impertérrita en su discurrir.
Dos veces discriminados entonces,
una vez en tanto peruanos, y otra en tanto provincianos
del propio Perú, llama más aún
la atención el terco empecinamiento de este grupo
de gente en alcanzar un objetivo invariable: coronarse
campeones de un evento de especial relieve en el concierto
internacional del fútbol. Campeonar, recordémoslo,
es un verbo acuñado en nuestra tierra. Imaginado
tiempo atrás, validado recientemente por la Real
Academia de la Lengua. El infinitivo campeonar de clara
inspiración pelotera no remite a acontecimientos
internacionales con que nos saludemos con demasiada frecuencia.
A la inversa, el hecho de campeonar brilla por su ausencia
en los forcejeos con los países vecinos y, a
manera de consuelo, suele canjearse por los trofeos
locales y las pugnas, por demás conocidas, entre
tres o cuatro clubes de la capital.
Señalemos lo indispensable,
acojámonos a lo que Freud llamaba principio de
realidad. Tampoco estamos ante un grupo de gente
negada. No es el Cienciano un equipo que nace de la noche a
la mañana, dicho once dista de ser un cuadro
sin oficio ni beneficio. Ya lo hemos dicho, no se trata
de insistir, como lo dicta el siempre paleteado sentido
común y una cierta psicología decimonónica,
que la dieta del huevo y el temperamento, del puro ceño
fruncido y el nervio tenso, basten para soslayar el
valor que una percepción atenta y adiestrada
aporta para socavar el concurso que una inteligencia
presta nos presta.
Volvamos a la humildad: ¿Acaso se nos está
invitando a concluir que la gran capacidad mostrada
por este equipo, tanto en su calidad de local como de
visitante; que el mantenimiento de un ritmo, un orden
y un estilo sostenidos en diversos escenarios y ante
otros tantos adversarios; que su vocación para
ejercer la marca y no desmayar nunca en aquel propósito;
que su sentido de la oportunidad para inaugurar siempre,
y contra todo pronóstico el marcador; en fin,
que su empeño, inclaudicable, en remontar situaciones
desfavorables es la resultante exclusiva
o el efecto prioritario de la humildad? ¡Por favor!
Mejor consideremos lo difícil
que resulta aceptar hidalgamente, sin peros escondidos,
una derrota que no acontece ante un rival superior ni
ante una potencia equivalente, sino justamente cuando
tal debacle se da ante uno de esos que no tenían
el derecho a imaginar tal resultado; ante un contrincante
prohibido de aspirar a tal corolario; ante un oponente
que no debía atreverse, siquiera, a soñar
con dicho epílogo. Digámoslo en voz alta:
Cienciano ha emergido a nivel internacional de esa
lista oscura y anónima integrada por todos los
que, condenados a llegar tarde, se aglomeran al final
de la fila. Cienciano tendría que haberse mantenido,
para la élite, en la lista de invitados a considerar
para el baile de los que sobran. Pero, tal cual señala
por allí un personaje de Chesterton: las ideas
serán rebatibles, pero los hechos son irrefutables
y ese es, precisamente, su valor más contundente.
Así se desgarre quien se desgarre y lo
lamente quien lo lamente, Cienciano es el dueño
de la Copa Nissan Sudamericana. Admitamos que en muy pocos lugares
de este, nuestro mundo contemporáneo,
infectado de tanta corrupción y afecto a diversidad
de simulacros, puede aún degustarse, apetecible
y tentadora, una ración de verdad.
Para concluir, diremos
que es bueno celebrar sin falsas modestias este logro,
y más aún, sopesar el valor que a propósito
de su consumación detentan los reconocimientos
que le han sido concedidos, fueran estos públicos
o privados, oficiales o espontáneos, efectos
todos que permiten, al fin y al cabo, asentar y
consolidar
con justeza y necesidad los méritos que aquel
trabajo conlleva. Hay –no lo olvidemos– todo un conjunto
de hallazgos que describen y certifican, a nivel de
la psicología de los comportamientos sociales,
el lugar y dimensión que alcanzan, en toda época
y lugar, las gratificaciones que suceden a nuestros
empeños, las recompensas con que se coronan nuestros
propósitos. Tales experiencias demuestran la
alta probabilidad de reafirmación que nutre a
las respuestas mejor acogidas por el auditorio; su defensa,
de repente impermeable, a la temida extinción,
luego de haber sido ampliamente recompensadas por la
mirada, a veces admirada, del mundo. ¡Salud por
ellas!
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