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Por: Julio Hevia* Página 5 de 6
 
 

Segundo aire: happy together

Cienciano vuelve a la carga, retoma con nuevos bríos la iniciativa, se empieza a parecer al equipo que todo mundo quería ver. Pero como era de preverse nunca faltan los "peros". Y en este caso la objeción o el percance viste de árbitro, por no decir de arbitrariedad. Tal cual se previó, La Rosa y García vieron, uno tras otro, la tarjeta roja. Sin embargo, fue allí, cuando más picante parecía la atmósfera y más difíciles las condiciones, que Cienciano mostró las credenciales de lo que podía ser capaz y hasta dónde estaba decidido a hacerlo. El feeling con el público alcanzó sus cuotas más altas. Preciso es señalar que entre la primera y la segunda expulsión sufridas por el once nacional, habría de cristalizarse el esperado y agónico gol vía un tiro libre ejecutado por Lugo, quien cerraba así, con broche de oro, su ciclo en el Cienciano. De allí en adelante ni los minutos que faltaron reglamentariamente, ni el tiempo de adición, ni los antecedentes y pergaminos del millonario rival, ni su desesperación y su ímpetu herido alcanzaron para modificar la diferencia, mínima o máxima, según la cusqueña con que se mire.

Con el pitazo final, la gente se soltó las trenzas. Era el momento de los festejos, de la felicidad del grupo y los llantos contenidos. De las congratulaciones y los agradecimientos. Era el momento de ofrendar el triunfo siempre acariciado a un pueblo que no ha cesado de alucinar esa conquista, que no se ha cansado de invocarla y anticipar su realización. Era el momento de demostrar que para festejar, hay que tener motivos reales, razones de peso: reino incuestionable de los resultados. Tiempo de ponerse a la altura de las exigencias. Tiempo de disponerse a aceptar, al cabo de la superación de todas las barreras, la eufórica y desbordante alegría que tales planes, de ser seguidos a plenitud, prometen.

En el fútbol peruano, lo dijimos al principio, ha sobrado deseo y ha faltado realidad. Lo cierto es que este Cienciano aporta, para el balance ulterior y como materia ejemplar, su cuota de trabajo, su paulatino crecimiento, su modo de ser distinto ante cada rival y siempre igual a sí mismo. Prefiguremos, de soslayo, sobre la marcha, un inventario de sus bondades pues, valgan verdades, no es poca cosa para un equipo peruano el tener un arquero como Ibáñez que fue garantía de sobriedad, eficacia y regularidad; tampoco lo es el haber sustentado su presencia y rendimiento en un estado físico ubicable a la altura de los mejores del continente. De lo anterior se colige, a su vez, una vocación para la marca difícilmente vista por nuestros lares, tentadoramente pródigos en bares. En fin, contar, por añadidura, con la finura y astucia del goleador absoluto del torneo, con el tesón invalorable de Acasiete y de Portilla, con el trajín de Morán y la manija de Bazalar... y allí paramos de contar, para no caer de muelas en el reino de las antologías gratuitas.

Ternero dijo que su meta fue ser el primer técnico nacional que le diera al Perú un título de envergadura continental a nivel clubes; Ibáñez resaltó que, si bien este era el mérito de un equipo de peruanos, había que entenderlo como una recompensa para todo nuestro fútbol; Paolo Maldonado habló de una nueva era para el futbolista peruano, la misma que supone el orgullo y la responsabilidad de salir con la frente en alto a los certámenes futuros; Bazalar recordó al hijo sensiblemente perdido e hizo énfasis en su fervoroso afán de cerrar su dilatada carrera con un logro de estas características. En el otro banco, Pellegrini se fue consumiendo entre sombras, aferrado a su tozudez e imantado a su fracaso; sosteniendo el conocido libreto de que ellos tuvieron más y mejores oportunidades, de que estaban técnicamente mejor dotados... si no conoceremos en estos rincones la esterilidad de aquel cuento.

Al cabo del empate en Buenos Aires, en el partido de ida, Carlos Brindisi, ex notable del fútbol argentino, se adelantó a felicitar a Ternero, mientras recordaba haber sufrido en carne propia la eliminación argentina en la harto manida Bombonera. Solo queda esperar que no se cese en esa búsqueda de un mejor lugar para el fútbol peruano, que no nos la creamos todita, que no se precise esperar décadas para volver a gritar con gusto. Solo queda fabricarse más hechos que justifiquen brindar por sobradas razones en vez de hacerlo por unos siempre lacrimógenos pretextos. Solo nos queda no dormir sobre unos hipnóticos laureles.

Bienaventurados los humildes... porque de ellos será la Copa Nissan Sudamericana

Vayamos con calma. Una es la humildad orgullosa, labrada y exigida desde dentro, otra, muy diferente es la humildad más despectiva, mirada por encima del hombro, que circuló entre nuestros rivales a fin de caracterizar y de paso atenuar los méritos del equipo peruano. Así, cuando se trató de opinar sobre el impacto no asumido ni digerido aún de la superioridad de Cienciano a costa de varios colosos del fútbol latinoamericano, fue interesante y revelador el efecto mediático que las declaraciones de los entendidos llegó a suscitar. Máxime cuando tales pronunciamientos fueron emitidos desde el lugar, siempre incómodo, del derrotado. Mas podemos dejar de lado ese elemento repetida y sospechosamente rescatado por gran parte de la prensa especializada, el de la así llamada humildad del equipo peruano. Tanto se ha insistido en dicha humildad que miradas tan aparentemente disímiles como la de Fernando Niembro, periodista líder de Fox Sports, y la de Pellegrini, técnico chileno saliente del River Plate, coincidieron en resaltar el dichoso valor como principal ventaja diferencial y factor más destacado en el desempeño del once cusqueño.



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