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Segundo aire: happy together
Cienciano vuelve a la carga,
retoma con nuevos bríos la iniciativa, se empieza
a parecer al equipo que todo mundo quería ver.
Pero como era de preverse nunca faltan los "peros".
Y en este caso la objeción o el percance viste
de árbitro, por no decir de arbitrariedad. Tal
cual se previó, La Rosa y García vieron,
uno tras otro, la tarjeta roja. Sin embargo, fue allí,
cuando más picante parecía la atmósfera
y más difíciles las condiciones, que Cienciano
mostró las credenciales de lo que podía
ser capaz y hasta dónde estaba decidido a hacerlo.
El feeling con el público alcanzó
sus cuotas más altas. Preciso es señalar
que entre la primera y la segunda expulsión
sufridas por el once nacional, habría de cristalizarse
el esperado y agónico gol vía un tiro
libre ejecutado por Lugo, quien cerraba así,
con broche de oro, su ciclo en el Cienciano. De allí
en adelante ni los minutos que faltaron reglamentariamente,
ni el tiempo de adición, ni los antecedentes
y pergaminos del millonario rival, ni su desesperación
y su ímpetu herido alcanzaron para modificar
la diferencia, mínima o máxima, según
la cusqueña con que se mire.
Con el pitazo final, la gente
se soltó las trenzas. Era el momento de los festejos,
de la felicidad del grupo y los llantos contenidos.
De las congratulaciones y los agradecimientos. Era el
momento de ofrendar el triunfo siempre acariciado a
un pueblo que no ha cesado de alucinar esa conquista,
que no se ha cansado de invocarla y anticipar su realización.
Era el momento de demostrar que para festejar, hay que
tener motivos reales, razones de peso: reino incuestionable
de los resultados. Tiempo de ponerse a la altura de
las exigencias. Tiempo de disponerse a aceptar, al cabo
de la superación de todas las barreras, la eufórica
y desbordante alegría que tales planes, de ser
seguidos a plenitud, prometen.
En el fútbol peruano,
lo dijimos al principio, ha sobrado deseo y ha faltado
realidad. Lo cierto es que este Cienciano aporta, para
el balance ulterior y como materia ejemplar, su cuota
de trabajo, su paulatino crecimiento, su modo de ser
distinto ante cada rival y siempre igual a sí
mismo. Prefiguremos, de soslayo, sobre la marcha, un
inventario de sus bondades pues, valgan verdades, no
es poca cosa para un equipo peruano el tener un arquero
como Ibáñez que fue garantía de sobriedad,
eficacia y regularidad; tampoco lo es el haber sustentado
su presencia y rendimiento en un estado físico
ubicable a la altura de los mejores del continente. De lo anterior se colige, a su vez, una vocación
para la marca difícilmente vista por nuestros lares, tentadoramente pródigos en
bares. En fin,
contar, por añadidura, con la finura y astucia
del goleador absoluto del torneo, con el tesón
invalorable de Acasiete y de Portilla, con el trajín
de Morán y la manija de Bazalar... y allí
paramos de contar, para no caer de muelas en el reino
de las antologías gratuitas.
Ternero dijo que su meta fue
ser el primer técnico nacional que le diera al
Perú un título de envergadura continental a nivel
clubes; Ibáñez resaltó que, si bien este
era el mérito de un equipo de peruanos, había
que entenderlo como una recompensa para todo nuestro
fútbol; Paolo Maldonado habló de una nueva
era para el futbolista peruano, la misma que supone el orgullo y la responsabilidad de salir con la
frente en alto a los certámenes futuros; Bazalar
recordó al hijo sensiblemente perdido e hizo
énfasis en su fervoroso afán de cerrar
su dilatada carrera con un logro de estas características.
En el otro banco, Pellegrini se fue consumiendo entre
sombras, aferrado a su tozudez e imantado a su fracaso;
sosteniendo el conocido libreto de que ellos tuvieron
más y mejores oportunidades, de que estaban técnicamente
mejor dotados... si no conoceremos en estos rincones la esterilidad de aquel cuento.
Al cabo del empate en Buenos
Aires, en el partido de ida, Carlos Brindisi, ex notable
del fútbol argentino, se adelantó a felicitar
a Ternero, mientras recordaba haber sufrido en carne
propia la eliminación argentina en la harto
manida Bombonera. Solo queda esperar que no se
cese en esa búsqueda de un mejor lugar para el
fútbol peruano, que no nos la creamos todita,
que no se precise esperar décadas para volver
a gritar con gusto. Solo queda fabricarse más
hechos que justifiquen brindar por sobradas razones
en vez de hacerlo por unos siempre lacrimógenos
pretextos. Solo nos queda no dormir sobre unos
hipnóticos laureles.
Bienaventurados los humildes...
porque
de ellos será la Copa Nissan Sudamericana
Vayamos con calma. Una
es la humildad orgullosa, labrada y exigida desde dentro,
otra, muy diferente es la humildad más despectiva,
mirada por encima del hombro, que circuló entre
nuestros rivales a fin de caracterizar y de paso atenuar
los méritos del equipo peruano. Así, cuando
se trató de opinar sobre el impacto no asumido
ni digerido aún de la superioridad de Cienciano
a costa de varios colosos del fútbol latinoamericano,
fue interesante y revelador el efecto mediático
que las declaraciones de los entendidos llegó
a suscitar. Máxime cuando tales pronunciamientos
fueron emitidos desde el lugar, siempre incómodo,
del derrotado. Mas podemos dejar de lado ese elemento repetida y
sospechosamente rescatado por
gran parte de la prensa especializada, el de la así
llamada humildad del equipo peruano. Tanto se ha insistido
en dicha humildad que miradas tan aparentemente disímiles
como la de Fernando Niembro, periodista líder
de Fox Sports, y la de Pellegrini, técnico chileno
saliente del River Plate, coincidieron en resaltar el
dichoso valor como principal ventaja diferencial y factor
más destacado en el desempeño del once
cusqueño.
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