|
La humildad, es bueno recordarlo,
está más atrás aún, se cultiva
en tiempos menos espectaculares, en regiones quizá
menos visibles. He allí la puntualidad para trabajar
y el respeto para escuchar los consejos; he allí
el lugar concedido a cada rival y la conciencia gradual
de los logros alcanzados; he allí la espera para el festejo definitivo. La humildad para
trabajar siempre, sin quejas ni distingos, para trabajar
con disciplina férrea, suspendiendo hasta nuevo
aviso los caprichos de la individualidad o colocando
los egos chillones al servicio de unos propósitos
que trasciendan su obligada estrechez o reconocida
limitación.
Los huevos son como los jugadores
en los juegos: se precisa de varios, de sumar y conectar,
de operar con respaldo. Porque hasta el que juega en
solitario, juega con algún otro. Pues a falta
de compañero real, hay el par imaginario. Vale
decir, cuando no hay con quien ni hay contra quien,
no hay partida que largar ni partido que jugar. Los
huevos son de todos, los huevos son comunitarios, los
sacan aquellos que precisan sacarlos, los ponen quienes
precisan ponerlos. A veces la fuerza, a veces la flexibilidad;
a veces la contundencia, a veces la sutileza; a veces
sin mirar, con frecuencia mirando. Siempre tomando en
cuenta al rival pero no obsesionándose con él,
pues este último sesgo es un modo anticipado,
preocupado, de jugar sin querer queriendo para el adversario.
Bajo esa lógica, los jugadores no son por sí
mismos, se van haciendo entre sí; difícilmente
sean amigos entrañables antes de lograr los triunfos;
a la inversa, serán los triunfos alcanzados o
el terco intento de alcanzarlos, los
que traben y tramen esa amistad.
Es el fragor de la lucha, de
la fricción continua, del ensayo y el error,
lo que tiempla un ánimo que se hace transversal,
forjando una presencia que se reparte entre las funciones
y carea un temor que es tarea de todos. Es la docilidad
del cuerpo la que torna productivo al cuerpo; es esa
suerte de mecánica autocontrolada que, ajena
al azar y a la improvisación, tiende a implementarse
con los reflejos y a confundirse con ellos. Hablamos
de una funcionalidad que se nutre de reacciones naturalizadas
por la costumbre y en la costumbre, con ella y desde
ella. Es el actor colectivo quien, en último
término, habrá de facilitarnos los secretos
y las tácticas de que dispone; es al actor colectivo,
experto en facilitar al que precisamos felicitar. Es
ese huevo comunal el que en algunos casos deviene
coloso, monstruoso, descomunal.
Con individualidades, y solo
con individualidades, nadie fue nunca a ninguna parte.
Veamos sino el caso del Real Madrid, sometiendo a sus
"galácticos" a la presión de ser siempre
el mejor equipo; al Deportivo La Coruña, que
hace del equipo mismo su más grande individualidad;
al Valencia que, oscilando entre un caso y otro, es
espectáculo inmejorable a veces, o sacrificio
pleno en otras ocasiones.
Voluntad sin trabajo, no vale un carajo
En nuestro país políticos
y ciudadanos, intelectuales y amas de casa, padres e
hijos, novios y enamorados, juran que solo se
trata de intentarlo, de ponerle ganas, del amor a una
camiseta hecha jirones. Digámoslo otra vez y
sin reparos: de buenas intenciones está empedrado
el infierno. Admitamos que hemos perdido de vista el
momento en que se hace preciso poner las barbas en
remojo.
Decir que lo anterior es falso, fatalista, sombrío equivale a afirmar que en la cancha
son once contra once: verdad de perogrullo. Once contra
once: trampa numérica obviamente ilusa, ideología
voluntarista que todo lo quiere nivelar cuando lo que
se confronta en la cancha son dos historias, dos realidades,
diversos modos de experimentar el profesionalismo. Una
lucha que puede ser y suele ser, en el Perú lo
sabemos mejor que nadie, de alcance desproporcionadamente
singular y abusivamente desigual.
Boca Juniors, por citar un caso
ejemplar, no llega por vía aleatoria a tanta
final de Aperturas y Clausuras, de Libertadores e Intercontinentales;
Boca llega sometiendo a sus rivales a un trajín
difícilmente soportado por sus adversarios. Boca,
según se sabe, no tiene jugadores en la selección
argentina y, por ello mismo, resulta tanto más
claro a qué grado hace de sus jugadores, obreros
de una rutina, piezas de un rompecabezas, funciones
de un plan mayor. ¿Eso autoriza a señalar
que no tiene individualidades? ¿Y a concluir,
permítasenos el paralelo, que Cienciano tampoco
las tiene?
¿No será, amigo
lector, que tales cuadros carecen del tipo de individualidades
que el merchandising de cada país exige reconocer
como tales?. Individualidades pletóricas de virtudes,
atisbadas al toque, consumadas sobre la marcha. Modos
brillantes de destacar; performances independientes
de los resultados conseguidos por el equipo; perfiles
inconfundibles y especialmente prolíficos para
la transferencia rápida y el negocio jugoso.
Oído a la música, nos dice "El Veco". ¿Porqué
Bielsa no convoca a Tévez? ¿Por qué
Carty siempre fue suplente de Maestri?...
Tanto va el cántaro...
Antaño dominábamos
y nos hacían los goles. Hoy nos dominan y los
hacemos nosotros. Antaño nuestros rivales eran
maestros en amansar el reloj y dramatizar las faltas,
en hacernos correr en vano y en desairarnos en el intento.
Así es, Pellegrini. Así es, Merlo. Así
es, Salas. Cero puntos, cero balas. Hoy por hoy, cuando
las distancias se acortan, la lucha por adueñarse
del pedestal parece más próxima, menos
idealizada, más probable. Hoy por hoy, podemos
sustentarlo, podemos probarlo, podemos degustarlo. Hoy
ronda más cerca aquella frase convertida en
eslogan "sí se puede", expresión
voceada en los tramos postreros del partido jugado
en Arequipa. Pero no nos adelantemos. Es curioso que
los diarios no hayan apelado al tintineo mundialista
"podemos seguir soñando", como si ese mensaje fuese
parte de una narcosis institucionalizada y no de unas
opciones más concretas o de unos logros inequívocamente
meritorios: esos que justamente concedió Cienciano
al Perú.
Sin embargo, no es bueno
acostumbrarnos a creer que de lo que se trata es de
esperar que le toque su tajada a cada cual. No es un
gran consejo limitarse a constatar el cumplimiento de
alguna oscura y bienhechora doctrina cíclica.
Recordemos que, como en el vals, hay quien espera toda
una vida en vano, y a la inversa, hay quien trabaja
de continuo y seduce en esa medida al destino. Hay
quien aprende a atraer al futuro y a tornar menos excepcional
lo excepcional. Hay quienes consiguen hacer menos fortuita la fortuna, incluyéndose subrepticiamente,
en su ajeno rodar. No pensemos que se trata simplemente
de sustituir, sin mediaciones y forcejeos, sin caídas
ni levantamientos, con el mero corazón y el pecho
henchido que jamás será vencido, las virtudes
que otros supieron adquirir a lo largo del tiempo, labrar
calladamente, acostumbrando el cuerpo y aderezando los
hábitos, domeñando la fatiga y enriqueciendo
los recursos. Al talento de los pies y a la habilidad
impredecible, hay que añadirle la disciplina
diaria y la porfía que no cesa de porfiar; hay
que añadirle, digámoslo todas las veces
que fuese necesario, harto trabajo. Nuestros mayores
ejemplos nos lo dan los menores: el Deportivo
Zúñiga por acá, el Táchira
más allá. Lo que nuestros vecinos latinoamericanos
han sabido y podido lograr en una y otra división
menor, sin declinar, sin amilanarse, sin confiarse a
la receta del puro voluntarismo, a nuestro cansino guión
de los huevos pascuales; en fin, al idilio con la camiseta
de un Luis Enrique el plebeyo, el hijo del pueblo, el
hombre que supo amar y que sufriendo está esa
implacable ley de amar a una aristócrata siendo
plebeyo él... snif, snif.
Página 1
2 3
4 5
6
Regresar a los artículos
Descargar
versión imprimible del artículo PDF
|