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Por: Julio Hevia* Página 3 de 6
 
 

La humildad, es bueno recordarlo, está más atrás aún, se cultiva en tiempos menos espectaculares, en regiones quizá menos visibles. He allí la puntualidad para trabajar y el respeto para escuchar los consejos; he allí el lugar concedido a cada rival y la conciencia gradual de los logros alcanzados; he allí la espera para el festejo definitivo. La humildad para trabajar siempre, sin quejas ni distingos, para trabajar con disciplina férrea, suspendiendo hasta nuevo aviso los caprichos de la individualidad o colocando los egos chillones al servicio de unos propósitos que trasciendan su obligada estrechez o reconocida limitación.

Los huevos son como los jugadores en los juegos: se precisa de varios, de sumar y conectar, de operar con respaldo. Porque hasta el que juega en solitario, juega con algún otro. Pues a falta de compañero real, hay el par imaginario. Vale decir, cuando no hay con quien ni hay contra quien, no hay partida que largar ni partido que jugar. Los huevos son de todos, los huevos son comunitarios, los sacan aquellos que precisan sacarlos, los ponen quienes precisan ponerlos. A veces la fuerza, a veces la flexibilidad; a veces la contundencia, a veces la sutileza; a veces sin mirar, con frecuencia mirando. Siempre tomando en cuenta al rival pero no obsesionándose con él, pues este último sesgo es un modo anticipado, preocupado, de jugar sin querer queriendo para el adversario. Bajo esa lógica, los jugadores no son por sí mismos, se van haciendo entre sí; difícilmente sean amigos entrañables antes de lograr los triunfos; a la inversa, serán los triunfos alcanzados o el terco intento de alcanzarlos, los que traben y tramen esa amistad.

Es el fragor de la lucha, de la fricción continua, del ensayo y el error, lo que tiempla un ánimo que se hace transversal, forjando una presencia que se reparte entre las funciones y carea un temor que es tarea de todos. Es la docilidad del cuerpo la que torna productivo al cuerpo; es esa suerte de mecánica autocontrolada que, ajena al azar y a la improvisación, tiende a implementarse con los reflejos y a confundirse con ellos. Hablamos de una funcionalidad que se nutre de reacciones naturalizadas por la costumbre y en la costumbre, con ella y desde ella. Es el actor colectivo quien, en último término, habrá de facilitarnos los secretos y las tácticas de que dispone; es al actor colectivo, experto en facilitar al que precisamos felicitar. Es ese huevo comunal el que en algunos casos deviene coloso, monstruoso, descomunal.

Con individualidades, y solo con individualidades, nadie fue nunca a ninguna parte. Veamos sino el caso del Real Madrid, sometiendo a sus "galácticos" a la presión de ser siempre el mejor equipo; al Deportivo La Coruña, que hace del equipo mismo su más grande individualidad; al Valencia que, oscilando entre un caso y otro, es espectáculo inmejorable a veces, o sacrificio pleno en otras ocasiones.


Voluntad sin trabajo, no vale un carajo

En nuestro país políticos y ciudadanos, intelectuales y amas de casa, padres e hijos, novios y enamorados, juran que solo se trata de intentarlo, de ponerle ganas, del amor a una camiseta hecha jirones. Digámoslo otra vez y sin reparos: de buenas intenciones está empedrado el infierno. Admitamos que hemos perdido de vista el momento en que se hace preciso poner las barbas en remojo. Decir que lo anterior es falso, fatalista, sombrío equivale a afirmar que en la cancha son once contra once: verdad de perogrullo. Once contra once: trampa numérica obviamente ilusa, ideología voluntarista que todo lo quiere nivelar cuando lo que se confronta en la cancha son dos historias, dos realidades, diversos modos de experimentar el profesionalismo. Una lucha que puede ser y suele ser, en el Perú lo sabemos mejor que nadie, de alcance desproporcionadamente singular y abusivamente desigual.

Boca Juniors, por citar un caso ejemplar, no llega por vía aleatoria a tanta final de Aperturas y Clausuras, de Libertadores e Intercontinentales; Boca llega sometiendo a sus rivales a un trajín difícilmente soportado por sus adversarios. Boca, según se sabe, no tiene jugadores en la selección argentina y, por ello mismo, resulta tanto más claro a qué grado hace de sus jugadores, obreros de una rutina, piezas de un rompecabezas, funciones de un plan mayor. ¿Eso autoriza a señalar que no tiene individualidades? ¿Y a concluir, permítasenos el paralelo, que Cienciano tampoco las tiene?

¿No será, amigo lector, que tales cuadros carecen del tipo de individualidades que el merchandising de cada país exige reconocer como tales?. Individualidades pletóricas de virtudes, atisbadas al toque, consumadas sobre la marcha. Modos brillantes de destacar; performances independientes de los resultados conseguidos por el equipo; perfiles inconfundibles y especialmente prolíficos para la transferencia rápida y el negocio jugoso. Oído a la música, nos dice "El Veco". ¿Porqué Bielsa no convoca a Tévez? ¿Por qué Carty siempre fue suplente de Maestri?...


Tanto va el cántaro...

Antaño dominábamos y nos hacían los goles. Hoy nos dominan y los hacemos nosotros. Antaño nuestros rivales eran maestros en amansar el reloj y dramatizar las faltas, en hacernos correr en vano y en desairarnos en el intento. Así es, Pellegrini. Así es, Merlo. Así es, Salas. Cero puntos, cero balas. Hoy por hoy, cuando las distancias se acortan, la lucha por adueñarse del pedestal parece más próxima, menos idealizada, más probable. Hoy por hoy, podemos sustentarlo, podemos probarlo, podemos degustarlo. Hoy ronda más cerca aquella frase convertida en eslogan "sí se puede", expresión voceada en los tramos postreros del partido jugado en Arequipa. Pero no nos adelantemos. Es curioso que los diarios no hayan apelado al tintineo mundialista "podemos seguir soñando", como si ese mensaje fuese parte de una narcosis institucionalizada y no de unas opciones más concretas o de unos logros inequívocamente meritorios: esos que justamente concedió Cienciano al Perú.

Sin embargo, no es bueno acostumbrarnos a creer que de lo que se trata es de esperar que le toque su tajada a cada cual. No es un gran consejo limitarse a constatar el cumplimiento de alguna oscura y bienhechora doctrina cíclica. Recordemos que, como en el vals, hay quien espera toda una vida en vano, y a la inversa, hay quien trabaja de continuo y seduce en esa medida al destino. Hay quien aprende a atraer al futuro y a tornar menos excepcional lo excepcional. Hay quienes consiguen hacer menos fortuita la fortuna, incluyéndose subrepticiamente, en su ajeno rodar. No pensemos que se trata simplemente de sustituir, sin mediaciones y forcejeos, sin caídas ni levantamientos, con el mero corazón y el pecho henchido que jamás será vencido, las virtudes que otros supieron adquirir a lo largo del tiempo, labrar calladamente, acostumbrando el cuerpo y aderezando los hábitos, domeñando la fatiga y enriqueciendo los recursos. Al talento de los pies y a la habilidad impredecible, hay que añadirle la disciplina diaria y la porfía que no cesa de porfiar; hay que añadirle, digámoslo todas las veces que fuese necesario, harto trabajo. Nuestros mayores ejemplos nos lo dan los menores: el Deportivo Zúñiga por acá, el Táchira más allá. Lo que nuestros vecinos latinoamericanos han sabido y podido lograr en una y otra división menor, sin declinar, sin amilanarse, sin confiarse a la receta del puro voluntarismo, a nuestro cansino guión de los huevos pascuales; en fin, al idilio con la camiseta de un Luis Enrique el plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar y que sufriendo está esa implacable ley de amar a una aristócrata siendo plebeyo él... snif, snif.



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