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Por: Julio Hevia* Página 2 de 6
 
 

A las preguntas solo es posible respondérsele, decían Deleuze y Guattari, con otras preguntas. En consecuencia: ¿es solo huevo lo que necesitamos? Me limitaré a señalar, a propósito de esta última interrogante, lo que todo aficionado podría constatar con tranquilidad: que cuanto más huevo le pone Pizarro a sus intervenciones, más intrascendente se vuelve en el campo. ¿Quizá una suerte de sobredosis de huevo? ¿qué tendría ello de positivo, de alternativo, de nuevo? Contrariamente, cuánto más diestro, oportuno y táctico parece el llamado "Bombardero de los Andes", más protagónico y contundente resulta frente al marco rival, mayor lugar acapara en el orbe noticioso. No son tampoco los huevos, acomodados en dulce canastita, el factor que ha hecho destacar a Solano, cual caperucita extraviada por los bosques de Newcastle, sino su timming para tocarla y guardarla, su modo de cubrir y defender la bola, su panorama para servir y operar como verdugo del arco ajeno ¿Y los huevos? En su sitio, suponemos.

No es novedad que acá se insista en divisar a los huevos como estandarte de la hombría, como emblema del plus energético y la activación hormonal requeridas, cual sinónimo del vigor anímico faltante en nuestras representaciones. Los huevos remitirían, por metonimia, al continente donde se aloja la leche de tigre de una orgullosa virilidad, esa sustancia espesa que en vez de atesorarse con avaricia, debiera mejor distribuirse, con pana y elegancia, con toda concha, en toda cancha. Allí se divisa el clásico itinerario del semental sublimado: abrir espacios, gestar descendencias, atravesar cuerpos, doblegar manos, vencer arcos e inflar redes. Vayamos al silogismo en su versión más procaz: si el fútbol es cuestión de hombres, y estos pasean y poseen los tan mentados y montados huevos, el corolario habrá de recalar en la evidencia inicial, vale decir, que el fútbol es una cuestión de huevos. Uno puede rescatar acá la presunción de Monsiváis: que después de todo la vida quizá sea un eslogan que aún no encuentra su patrocinador más interesado.


¿Huevos por las huevas?

Falta mostrar cómo la cuestión de los huevos deviene, automática, en la problemática inversa, en atribución gratuita y efecto perjudicial, cuando de su exceso se trata. ¿De no ser así, sostendría el anónimo, por qué abunda en nuestra tierra tanto huevón? Precisamos acá recordar que por más huevos con que cuente el gallinero, hay condiciones técnicas, térmicas o ambientales, para que aquellos alcancen su punto exacto de maduración y emerjan con la justeza deseable. Así, pues, ni antes ni después. Ni antes cuando nada lo amerita y emerja como pura esterilidad, ni después cual producto inútilmente tardío o auténtico despropósito. Es evidente que nada se gana solamente con el temperamento indiscriminadamente impuesto, pues cuando no hay administración de las fuerzas disponibles, solo restan respuestas ciegas y bienintencionadas, esas con que se consuelan las mayorías. Bienvenido el huevo, entonces, siempre y cuando se someta a un plan que lo regule y sostenga, siempre y cuando haya una estructura que lo aproveche en función de las coyunturas a encarar. Remitimos cual gráfica al asunto de la ausencia de expulsiones en la inmensa mayoría de partidos que enfrentó el Cienciano. Pensemos, complementariamente en la marca impuesta por La Rosa; en el trajín mostrado por Morán, Bazalar o Acasiete; en el modo astuto de buscar las faltas en los casos de García, de Carty y de Maldonado.

Se trata del estatus que detenta el juego limpio, el llamado fair play, especialmente promocionado por algunos de los últimos seleccionadores en un país vecino como Uruguay. Digámoslo bien alto, adhiriéndonos a la estereotipia geográfico-vecinal: ¿es acaso posible imaginar en América un fútbol con más huevos que el uruguayo? ¿y eso qué? ¿qué garantiza la posesión de tal rasgo, más allá del legendario "maracanazo"? ¿o es que su utilidad y operatividad se reduce al hecho, no demasiado halagüeño, de luchar por el cuarto cupo para el mundial? Mejor aludamos dos figuras uruguayas de talla mundial, "el chino" Recoba y Matías Forlán, a fin de atenuar momentáneamente el fetiche del huevo pascual. Recoba, por ejemplo, pasea indiscutiblemente su jerarquía como creador y lanzador en el Inter de Milán; Forlán, más reciente, protagoniza una precoz y fulgurante carrera como goleador en el Manchester londinense ¿Brillan fundamentalmente por sus huevos? No nos parece. Lo cual no supone afirmar, repitámoslo, que carezcan de la firmeza y valentía por siempre invocadas desde las tribunas, de aquella mística hombría ante la cual la afición se rinde como vástago sumiso.

He allí el otro lado del problema. Si se quiere, su punto ciego. ¿Huevos para qué? ¿huevos por las huevas? ¿no es a eso lo que en nuestra tierra distinguimos como una huevada? Freddy Ternero, exitoso técnico del Cienciano, parece tener clara una cosa, a ella dice haber arribado a partir de su experiencia como jugador profesional en el Perú, a esa sola cosa él le atribuye las razones de su reciente brillo como estratega futbolístico: se trata de la humildad. Se trata de no creerse, de no incurrir en el alarde desproporcionado. Ternero comienza por aplicarse tal lección a sí mismo. En reciente entrevista concedida a César Hildebrandt, el estratega declaró tener extrema conciencia del lugar que ocupa, a título personal, para el colectivo humano que comanda. Digámoslo sin falsos eufemismos: Ternero no habla demasiado ni esforzadamente como Uribe; no gana hasta cuando pierde como Oblitas pretendía; tampoco vive supeditado a la esterilidad del juego bonito y al look del gabán impecable como Maturana. Hablar no es lo suyo: lo suyo –parece evidente– son los resultados. Y sin embargo, no lo olvidemos, es sabido que hasta para callarse se precisa de un gesto y una postura acordes. Sabido es que, aún callando, hay maneras muy precisas de decir lo que hay que decir.

Por ello, en este orden de cosas, los achorados gratuitos, los chitos y los machitos están demás, no son, ya fueron. Años atrás Ruben Blades le hacía decir a Pedro Navaja que hasta para ser ladrón hay que estudiar. Quizá lo que necesitamos entre nosotros, recurseros y quejudos, es invertir la lección: estudiar para no robar. Trabajar para no fijarnos tanto en el otro, para no devaluar tanto el trabajo del otro, trabajar para no robarnos tanto entre nosotros mismos. Quizá lo que necesitamos es robarle horas al ocio para dedicarlas al estudio: poner empeño, paso por paso, en vez de quedarse empeñado de una vez por todas. Y es que no todas las sustracciones están penadas, de allí que la práctica del fútbol demuestre permanentemente que hay hurtos de tiempo válidos y a eso se llama enfriar el partido; que hay secuestros de voluntades ajenas y a eso se denomina aburrir al rival; que hay mil modos de propiciar que el otro se traicione e incurra en la desgracia del autogol; que parte de la sapiencia del jugador consiste en lograr que el otro yerre en el momento justo y en el terreno más beneficioso; en fin, el rival termine jugando, como muchos políticos y saqueadores profesionales en el Perú, para el enemigo.


Huevos en juego

Habrá que recalcar que la humildad no solo sirve, naturalmente, para aceptar de un petulante micrófono argentino las palabras puestas en boca del jugador recién llegado. He allí el muestrario. Portilla: ¿no lo podés creer? García: ¿se diría que ustedes son más fuerza que fútbol? Morán: ¿son un equipo sin individuales? Una y mil veces, por las dudas, como para que nadie lo soslaye, la interrogación que aspira, sí o sí, a confirmarse: ¿Es para ustedes un sueño? Las respuestas, calmadas, sonrientes, medidas, satisfechas, sin falsos guiños son también, no lo pasemos por alto, excelentes gráficas de la madurez de este grupo que lejos de anular a sus integrantes se dibuja con la sencillez de todos ellos; consistencia de un equipo que ha batallado ante propios y extraños, que ha convencido a propios y extraños.



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