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A las preguntas solo
es posible respondérsele, decían Deleuze
y Guattari, con otras preguntas. En consecuencia: ¿es
solo huevo lo que necesitamos? Me limitaré
a señalar, a propósito de esta última
interrogante, lo que todo aficionado podría
constatar
con tranquilidad: que cuanto más
huevo le pone Pizarro a sus intervenciones, más
intrascendente se vuelve en el campo. ¿Quizá
una suerte de sobredosis de huevo? ¿qué
tendría ello de positivo, de alternativo, de
nuevo? Contrariamente, cuánto más diestro,
oportuno y táctico parece el llamado "Bombardero
de los Andes", más protagónico y contundente
resulta frente al marco rival, mayor lugar acapara en
el orbe noticioso. No son tampoco los huevos, acomodados
en dulce canastita, el factor que ha hecho destacar
a Solano, cual caperucita extraviada por los bosques
de Newcastle, sino su timming para tocarla y guardarla,
su modo de cubrir y defender la bola, su panorama para
servir y operar como verdugo del arco ajeno ¿Y
los huevos? En su sitio, suponemos.
No es novedad que acá
se insista en divisar a los huevos como estandarte de
la hombría, como emblema del plus energético
y la activación hormonal requeridas, cual sinónimo
del vigor anímico faltante en nuestras representaciones.
Los huevos remitirían, por metonimia, al continente
donde se aloja la leche de tigre de una orgullosa virilidad,
esa sustancia espesa que en vez de atesorarse con avaricia,
debiera mejor distribuirse, con pana y elegancia, con
toda concha, en toda cancha. Allí se divisa el
clásico itinerario del semental sublimado: abrir
espacios, gestar descendencias, atravesar cuerpos, doblegar
manos, vencer arcos e inflar redes. Vayamos al silogismo
en su versión más procaz: si el fútbol
es cuestión de hombres, y estos pasean
y poseen los tan mentados y montados huevos, el corolario
habrá de recalar en la evidencia inicial, vale
decir, que el fútbol es una cuestión de huevos. Uno puede rescatar acá la presunción
de Monsiváis: que después de todo la vida
quizá sea un eslogan que aún no encuentra
su patrocinador más interesado.
¿Huevos por las huevas?
Falta mostrar cómo la
cuestión de los huevos deviene, automática,
en la problemática inversa, en atribución
gratuita y efecto perjudicial, cuando de su exceso se
trata. ¿De no ser así, sostendría
el anónimo, por qué abunda en nuestra tierra
tanto huevón? Precisamos acá recordar
que por más huevos con que cuente el gallinero,
hay condiciones técnicas, térmicas o ambientales,
para que aquellos alcancen su punto exacto de maduración
y emerjan con la justeza deseable. Así, pues,
ni antes ni después. Ni antes cuando nada lo
amerita y emerja como pura esterilidad, ni después
cual producto inútilmente tardío o auténtico
despropósito. Es evidente que nada se gana
solamente con
el temperamento indiscriminadamente impuesto,
pues cuando no hay administración de las fuerzas
disponibles, solo restan respuestas ciegas y bienintencionadas,
esas con que se consuelan las mayorías. Bienvenido
el huevo, entonces, siempre y cuando se someta a un plan
que lo regule y sostenga, siempre y cuando haya una
estructura que lo aproveche en función de las
coyunturas a encarar. Remitimos cual gráfica
al asunto de la ausencia de expulsiones en la inmensa
mayoría de partidos que enfrentó el Cienciano.
Pensemos, complementariamente en la marca impuesta
por La Rosa; en el trajín mostrado por Morán,
Bazalar o Acasiete; en el modo astuto de buscar las
faltas en los casos de García, de Carty y de
Maldonado.
Se trata del estatus que detenta
el juego limpio, el llamado fair play, especialmente
promocionado por algunos de los últimos seleccionadores
en un país vecino como Uruguay. Digámoslo
bien alto, adhiriéndonos a la estereotipia geográfico-vecinal: ¿es acaso posible imaginar en América
un fútbol con más huevos que el uruguayo?
¿y eso qué? ¿qué garantiza
la posesión de tal rasgo, más allá
del legendario "maracanazo"? ¿o es que su utilidad
y operatividad se reduce al hecho, no demasiado halagüeño,
de luchar por el cuarto cupo para el mundial? Mejor
aludamos dos figuras uruguayas de talla mundial,
"el chino" Recoba y Matías Forlán, a fin de
atenuar momentáneamente el fetiche del huevo
pascual. Recoba, por ejemplo, pasea indiscutiblemente su
jerarquía como creador y lanzador en el Inter
de Milán; Forlán, más reciente,
protagoniza una precoz y fulgurante carrera como goleador
en el Manchester londinense ¿Brillan fundamentalmente
por sus huevos? No nos parece. Lo cual no supone afirmar,
repitámoslo, que carezcan de la firmeza y valentía
por siempre invocadas desde las tribunas, de aquella
mística hombría ante la cual la afición
se rinde como vástago sumiso.
He allí el otro lado
del problema. Si se quiere, su punto ciego. ¿Huevos
para qué? ¿huevos por las huevas? ¿no
es a eso lo que en nuestra tierra distinguimos
como una huevada? Freddy Ternero, exitoso técnico
del Cienciano, parece tener clara una cosa, a ella dice
haber arribado a partir de su experiencia como jugador
profesional en el Perú, a esa sola cosa él
le atribuye las razones de su reciente brillo como estratega
futbolístico: se trata de la humildad. Se trata
de no creerse, de no incurrir en el
alarde desproporcionado. Ternero comienza por aplicarse
tal lección a sí mismo. En reciente entrevista
concedida a César Hildebrandt, el estratega declaró
tener extrema conciencia del lugar que ocupa, a título
personal, para el colectivo humano que comanda. Digámoslo
sin falsos eufemismos: Ternero no habla demasiado ni
esforzadamente como Uribe; no gana hasta cuando pierde
como Oblitas pretendía; tampoco vive supeditado
a la esterilidad del juego bonito y al look del gabán
impecable como Maturana. Hablar no es lo suyo: lo suyo
–parece evidente– son los resultados. Y sin embargo,
no lo olvidemos, es sabido que hasta para callarse se
precisa de un gesto y una postura acordes. Sabido es
que, aún callando, hay maneras muy precisas de decir lo que hay que decir.
Por ello, en este orden de cosas,
los achorados gratuitos, los chitos y los machitos
están demás, no son, ya fueron. Años
atrás Ruben Blades le hacía decir a Pedro
Navaja que hasta para ser ladrón hay que estudiar.
Quizá lo que necesitamos entre nosotros, recurseros
y quejudos, es invertir la lección: estudiar
para no robar. Trabajar para no fijarnos tanto en el
otro, para no devaluar tanto el trabajo del otro, trabajar
para no robarnos tanto entre nosotros mismos. Quizá
lo que necesitamos es robarle horas al ocio para
dedicarlas al estudio: poner empeño, paso por
paso, en vez de quedarse empeñado de una vez
por todas. Y es que no todas las sustracciones están
penadas, de allí que la práctica del fútbol
demuestre permanentemente que hay hurtos de tiempo válidos
y a eso se llama enfriar el partido; que hay secuestros
de voluntades ajenas y a eso se denomina aburrir al
rival; que hay mil modos de propiciar que el otro se
traicione e incurra en la desgracia del autogol; que
parte de la sapiencia del jugador consiste en lograr
que el otro yerre en el momento justo y en el terreno
más beneficioso; en fin, el rival termine
jugando, como muchos políticos y saqueadores
profesionales en el Perú, para el enemigo.
Huevos en juego
Habrá que recalcar
que la humildad no solo sirve, naturalmente,
para aceptar de un petulante micrófono
argentino
las palabras puestas en boca del jugador recién
llegado. He allí el muestrario. Portilla: ¿no
lo podés creer? García: ¿se diría
que ustedes son más fuerza que fútbol?
Morán: ¿son un equipo sin individuales?
Una y mil veces, por las dudas, como para que nadie
lo soslaye, la interrogación que aspira, sí
o sí, a confirmarse: ¿Es para ustedes
un sueño? Las respuestas, calmadas, sonrientes,
medidas, satisfechas, sin falsos guiños son
también, no lo pasemos por alto, excelentes gráficas
de la madurez de este grupo que lejos de anular a sus
integrantes se dibuja con la sencillez de todos ellos;
consistencia de un equipo que ha batallado ante propios
y extraños, que ha convencido a propios y extraños.
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