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La ida triunfal
Estamos a pocos días
de la final de la Copa Nissan Sudamericana, versión
2003, a realizarse en el Perú. En esta oportunidad
el Cienciano del Cusco estará midiéndose
en partido de vuelta ante el reputado, más no
imposible, River Plate de Buenos Aires. Hambrientos de
triunfo y reivindicaciones la expectativa ha alcanzado,
entre nosotros, el máximo grado. Sin embargo,
las cosas no se circunscriben esta vez a la mera
polvareda
levantada por las ganas siempre postergadas del hincha
peruano, o a las siempre convenidas conveniencias de
los medios de comunicación correspondientes.
No señor, no se engañe usted, esta vez
un equipo peruano –¡Oh, maravilla!– el inédito
Cienciano del Cusco llega a una final de tales características
con todas las de la ley. Seamos claros, el cuadro peruano
llega habiendo cedido tan solo un partido como
visitante; permitiéndose el lujo de inaugurar
el marcador en todas sus presentaciones; remontando parciales
desfavorables en cancha ajena y contando, por si fuera
poco, con el goleador máximo del certamen, Germán
"Ave Fénix" Carty.
No es extraño que
el referido acontecimiento ocupe un lugar preeminente
para la cátedra futbolística internacional.
Quizá tampoco deba llamarnos la atención
que, en medio del júbilo chauvinista y el espíritu
reivindicativo erguido en estos casos, se reactiven
y materialicen una serie de mitos que por lo general
le fueran sistemáticamente reclamados al futbolista
peruano. Mitos y figuras, bueno es señalarlo,
solventados por una creciente dosis imaginaria que tanto
compromete al aficionado estándar como a los
más ilustres entendidos del más popular
de los deportes nacionales.
Lacrimogénesis repetidas
y ovogénesis larvadas
Apretemos la reseña.
Eliminados una y otra vez, movilizados hasta el cansancio,
humillados y ofendidos: no es difícil divisarnos.
Jugando contra la adversidad, jaqueados por la diversidad,
desechando clasificaciones anheladas: ese guión
apesta como el armario de la abuela. Lo cierto es que
los resultados concretos han transmutado, las más
de las veces, frágiles sueños en inenarrables
pesadillas, juergas alucinadas en amargos duelos, brillantes
festejos en inevitables postergaciones. Todos lo sabemos:
de un tiempo a esta parte los equipos peruanos no tuvieron,
salvo decepción a la regla, figuración
internacional rescatable. ¿Qué significa
en nuestro caso, “de un tiempo a esta parte”?
Francamente, no creemos que interese demasiado.
Por lo demás: ¿a
quién le importa el cronograma exacto y la cantidad
de goles encajados? ¿a quien le incumbe describir
el exorcismo de nuestras fantasías futboleras
y levantar, entre todos los buitres, la autopsia del
caso? Más aún, si todos sabemos
del invariable epílogo al que nos condujeron
los infructuosos intentos: ¿para qué precisamos
ordenar la estadística de unas insuficiencias,
por siempre diluidas en alcohol? ¿de qué
sirve hoy reactivar la histérica serie de promesas
difuminadas entre obligados y odiosos lamentos? Hablamos de una serie de grietas que la realidad nos ha
obligado a rumiar primero, desmontar después,
para engrosar a la postre el expediente de todos los
hechos que no se puede, aunque se quiera, corregir.
Lo cierto es que todas las
veces ante cada uno de los descalabros sufridos se
dijo, básicamente, lo mismo. Hay que admitir, claro
está, que por encima hubo matices, modificaciones,
alternancias. Porque además de la falta de huevos
del futbolista peruano, suerte de mal endémico
atribuido a las selecciones nacionales, se adujo que
las planas dirigenciales no eran las más convenientes,
ni sus finanzas las más transparentes. Frecuentemente
se sostuvo también que los comandos técnicos
distaban de cumplir con las expectativas solicitadas,
y que los procesos de conformación y maduración
del equipo de todos pecaban de improvisados y apremiantes.
Rabiosamente desengañados hay además los
que señalan que con la calidad de jugadores
con que contamos no se puede aspirar a mayor cosa.
De tal manera que estaríamos condenados a seguir
viendo al "Chorrillano" aunque sea con muletas,
a Jayo lateralizando hasta el propio aliento, a "Pepe"
Soto deambulando aquí y allá.
No olvidemos las otras perlas
del collar: el fantasma del fracaso y el complejo milenario,
el marasmo telúrico y la inferioridad enraizada,
la idiosincrasia pasiva y el subdesarrollo endeble,
la historia de la Nicovita que traiciona y aquella otra,
de la bohemia que cobra. También están,
por si fuera poco, la prensa chicha y los sueldos altos,
las argollas arriba y los serruchos abajo, las cabezas
y las palancas; las cutras, las mitras, las mafias,
las trafas. De a pocos hemos concluido, peruanos y tardos
al fin, que el cuento con que nos entusiasmaban no era
más que eso: un engaño, una farsa, un
dedo, una yuca. En paralelo los proverbios sirven para
aseverar en su sucesión que no hay peor ciego
que el que no quiere ver, ni perro que nos ladre, ni
gallinazo que cante en puna y que todos son unos jijuna.
Entre tanto, viciosamente se diría, los medios
alimentan el mito de que los medios alimentan el mito;
y la mitad de la gente manifiesta que la otra mitad
no se manifiesta; unos hinchas furibundos señalan
que otros hinchas deben ser señalados: en fin,
que en vez de ser doce, siempre fuimos, fieles a la
cuenta regresiva, once, diez, nueve, ocho. Según
puede verse, hay una nutrida paleta de factores, un
abrumador arsenal de razones, todo un espectro de variables.
Variables, para ser más exactos, invariablemente
repetidas.
Que corra la bola
Volvamos a los huevos, pues
ellos se han tornado en la figura por antonomasia con
que nuestra cultura pelotera, harto huevera, fija sus
singulares obsesiones. Pelotas, bolas, boleros, boloñas,
huérfanos: en fin, todo circula, todo gira, todo
se somete al continuo vaivén. Paralelamente,
la ida y vuelta del esférico, el constante trajinar
de la redonda le da, no es casual, al deporte más
hermoso del planeta, su encanto hipnótico, sus
trances oníricos, su poder elíptico. Sin
embargo, la anatomía trazada por los propios
hinchas sobre lo malo de su realidad futbolística
y lo feo de su desesperada espera, dignifica invariablemente
el lugar del huevo. Lo cierto es que siempre se está
acusando su ausencia, alucinando su concurso, haciendo
de ese factor, quizá necesario, potencia indiscutida
y autosuficiente.
No faltará quien
afirme, lapidario e irreversible que hemos llegado
tarde a la repartición de huevos. ¿Acaso
un asunto de distribución y de selección?
¿quizá un problema de ocasión y
de oportunidad? Por decirlo con Derrida, he aquí
el tema eterno de la diseminación, habida cuenta
que lo que se disemina es, precisamente, el semen. No
olvidemos que el dichoso líquido viaja en los huevos, tripulación de personajes minúsculos,
peces saltarines y oscilantes, inquietos y traicioneros,
culpables potenciales de toda explosión demográfica:
los espermatozoides. Solo añadiremos acá,
a manera de réplica, que si tanto confiamos en
el alcance oportuno e inequívoco de esa suerte
de ovogénesis perdida: ¿por qué
no invocamos de modo más organizado a la avícola
San Fernando, dueña mayoritaria de los huevos
peruanos, en vez de acogernos al poder morado y moroso
del Señor de los Milagros? Entretanto, mientras
certificamos aquello del tesón que falta y del
pezón que aplasta, la imaginación concibe
un modo frontal de atacar el viejo mal, a saber, unas
cápsulas religiosamente administradas de desahuevina
compuesta hasta la siguiente visita.
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