| El sueño
de Alice posee algunos elementos que se asemejan y otros
que se contraponen a la experiencia vivida poco tiempo
antes por su marido en su aventura nocturna. Las imágenes
oníricas descritas por la mujer la muestran manteniendo
relaciones sexuales con otros hombres en cuanto está
siendo observada por Bill. En el sueño, siente
un inmenso placer en este acto, le gusta saberse mirada
por su marido mientras tiene sexo con varios hombres.
En la experiencia de Bill, él es quien observa
el acto sexual practicado por otros sujetos. Aquí
se manifiesta claramente la escopofilia, el deseo sexual
de mirar. Alice realiza en su sueño un deseo
reprimido semejante al que su marido había buscado
en la realidad. Como por ironía, la mujer se
asemeja a los personajes de la experiencia del hombre:
alguien que practica sexo públicamente y es observado
por él con extremo interés. Por otro lado,
Bill comparece en el sueño de Alice no como alguien
que le da placer o goce, sino como aquel que ella quiere
que observe cómo goza y cómo sabe del goce. “No
me entiendas, no me comprendas. Sepa lo que desea tu
mujer, lo que es tu mujer” es lo que puede ser
leído en las mallas de esta historia onírica.
En el sueño de Alice, como en la anterior experiencia
de Bill, existe una relación de voyeurismo. El
acto sexual comparece para el disfrute de la mirada
de quien mira y de quien está siendo observado.
Aquí se contraponen la relación de la
mirada masculina y de la femenina. En cuanto la mujer
goza al saberse observada en el acto del goce, el hombre
disfruta mirando.
Siguiendo los caminos abiertos
por Freud en su conferencia sobre la Realización
del deseo, nos gustaría comparar el personaje
de Bill, en esta escena, con el del vigilante nocturno
que actúa en el interior de los sueños
y que puede llegar al punto de despertar a la persona
que duerme, si siente que está débil
para,
ella sola, ahuyentar la perturbación o el peligro.
Bill la despierta, ocupando el papel del “otro
del sueño”, el de la censura. El soñador,
luchando contra sus propios deseos, puede ser comparado
a la suma de dos personas separadas, aunque de alguna
manera, en íntima conexión entre ambas.
En este sentido, Bill es el otro del sueño de
Alice. La pareja forma una dualidad/unidad que está
plasmada en esta secuencia en la escena del abrazo cuando
Bill y Alice forman las dos caras de la misma moneda,
los rostros en oposición y, no obstante, unidos.
(Fig.
28)
Choque con lo Real. Mas más
allá del espejo.
Lo Real, finalmente es aprehendido
por Bill en el encuentro con el cuerpo de la mujer en
el depósito de cadáveres. (Fig.
29) Sabemos que se trata de la modelo que fue socorrida
por el médico durante la fiesta en la casa de
los Ziegler, tras la ingestión de una sobredosis
de cocaína. También es la misma que se sacrificó
en su lugar en la ceremonia de las máscaras.
Ofreció su vida a cambio de la de Bill y ahora
yace en el depósito de cadáveres sobre
una fría cama de metal. Observamos una de las
pocas escenas del film donde no se destacan los ya comunes
rojos y azules, sino tonos plateados, tan fríos
como un espejo de agua. A este respecto podemos establecer
una comparación entre el cuerpo de la mujer y
una plácida y cristalina superficie especular
en la cual el hombre va a buscar una imagen. Bill se
ve a sí mismo en el rostro de la mujer muerta,
vislumbra su reflejo, así como Narciso se espeja
en su propia imagen reflejada en la superficie del lago.
(Fig.
30) La comparación con Narciso no es casual.
Nótese que del punto de vista etimológico
tenemos en Narciso el elemento nárke, raíz
de nuestro término narcótico. El destino
de esta mujer estuvo ligado irremediablemente a la narcosis.
Observamos un sugestivo plano en el que la composición
de la imagen subraya los dos rostros de perfil, el de
la mujer muerta y el del hombre que la contempla, uno
frente al otro. Bill se aproxima tanto de la cara de
la mujer que prácticamente es imposible verla con nitidez.
Así, lo que se hace evidente en la escena no
es la mirada, sino algo que va más allá:
es el contacto con lo real. Como Narciso, al mirarse
en el rostro que yace sobre la superficie espejada y
helada del cajón del depósito, ve su otra
cara, su imagen reflejada en el rotro de la muerte,
su umbra, su alma-sombra. También como Narciso,
Bill es atraído por algo que posee el germen
de la muerte. Se celebra en esta escena la muerte de
lo imaginario, este espejo que lo tenía acorralado.
Lo Real se inscribe, pero de forma siniestra. En este
instante se da “la propia imagen de la dislocación,
del rasgamiento esencial del sujeto”, como señala
Lacan.
En una escena siguiente, Alice
duerme al lado de la máscara usada por Bill en
la orgía y que fue colocada cuidadosamente sobre
la almohada de su marido. (Fig.
31) Cuando Bill ve la máscara que creía
perdida ocupando su lugar en la cama al lado de su mujer,
la verdad brota de su interior como un manantial. En
medio de un llanto convulsivo dice: “Voy a contarte
todo”. Su persona podrá ser restaurada.
Hay una promesa implícita de que real e imaginario
pueden unirse, fundirse en esta cama si es por la vía
de lo simbólico. Por fin, una palabra verdadera
es restaurada y el triángulo padre/madre/hija
se equilibra en la secuencia final de la tienda de juguetes.
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