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Por: Vanessa Brasil Campos Rodríguez* Página 5 de 6
 
 

El sueño de Alice posee algunos elementos que se asemejan y otros que se contraponen a la experiencia vivida poco tiempo antes por su marido en su aventura nocturna. Las imágenes oníricas descritas por la mujer la muestran manteniendo relaciones sexuales con otros hombres en cuanto está siendo observada por Bill. En el sueño, siente un inmenso placer en este acto, le gusta saberse mirada por su marido mientras tiene sexo con varios hombres. En la experiencia de Bill, él es quien observa el acto sexual practicado por otros sujetos. Aquí se manifiesta claramente la escopofilia, el deseo sexual de mirar. Alice realiza en su sueño un deseo reprimido semejante al que su marido había buscado en la realidad. Como por ironía, la mujer se asemeja a los personajes de la experiencia del hombre: alguien que practica sexo públicamente y es observado por él con extremo interés. Por otro lado, Bill comparece en el sueño de Alice no como alguien que le da placer o goce, sino como aquel que ella quiere que observe cómo goza y cómo sabe del goce. “No me entiendas, no me comprendas. Sepa lo que desea tu mujer, lo que es tu mujer” es lo que puede ser leído en las mallas de esta historia onírica. En el sueño de Alice, como en la anterior experiencia de Bill, existe una relación de voyeurismo. El acto sexual comparece para el disfrute de la mirada de quien mira y de quien está siendo observado. Aquí se contraponen la relación de la mirada masculina y de la femenina. En cuanto la mujer goza al saberse observada en el acto del goce, el hombre disfruta mirando.

Siguiendo los caminos abiertos por Freud en su conferencia sobre la Realización del deseo, nos gustaría comparar el personaje de Bill, en esta escena, con el del vigilante nocturno que actúa en el interior de los sueños y que puede llegar al punto de despertar a la persona que duerme, si siente que está débil para, ella sola, ahuyentar la perturbación o el peligro. Bill la despierta, ocupando el papel del “otro del sueño”, el de la censura. El soñador, luchando contra sus propios deseos, puede ser comparado a la suma de dos personas separadas, aunque de alguna manera, en íntima conexión entre ambas. En este sentido, Bill es el otro del sueño de Alice. La pareja forma una dualidad/unidad que está plasmada en esta secuencia en la escena del abrazo cuando Bill y Alice forman las dos caras de la misma moneda, los rostros en oposición y, no obstante, unidos. (Fig. 28)

Choque con lo Real. Mas más allá del espejo.

Lo Real, finalmente es aprehendido por Bill en el encuentro con el cuerpo de la mujer en el depósito de cadáveres. (Fig. 29) Sabemos que se trata de la modelo que fue socorrida por el médico durante la fiesta en la casa de los Ziegler, tras la ingestión de una sobredosis de cocaína. También es la misma que se sacrificó en su lugar en la ceremonia de las máscaras. Ofreció su vida a cambio de la de Bill y ahora yace en el depósito de cadáveres sobre una fría cama de metal. Observamos una de las pocas escenas del film donde no se destacan los ya comunes rojos y azules, sino tonos plateados, tan fríos como un espejo de agua. A este respecto podemos establecer una comparación entre el cuerpo de la mujer y una plácida y cristalina superficie especular en la cual el hombre va a buscar una imagen. Bill se ve a sí mismo en el rostro de la mujer muerta, vislumbra su reflejo, así como Narciso se espeja en su propia imagen reflejada en la superficie del lago. (Fig. 30) La comparación con Narciso no es casual. Nótese que del punto de vista etimológico tenemos en Narciso el elemento nárke, raíz de nuestro término narcótico. El destino de esta mujer estuvo ligado irremediablemente a la narcosis. Observamos un sugestivo plano en el que la composición de la imagen subraya los dos rostros de perfil, el de la mujer muerta y el del hombre que la contempla, uno frente al otro. Bill se aproxima tanto de la cara de la mujer que prácticamente es imposible verla con nitidez. Así, lo que se hace evidente en la escena no es la mirada, sino algo que va más allá: es el contacto con lo real. Como Narciso, al mirarse en el rostro que yace sobre la superficie espejada y helada del cajón del depósito, ve su otra cara, su imagen reflejada en el rotro de la muerte, su umbra, su alma-sombra. También como Narciso, Bill es atraído por algo que posee el germen de la muerte. Se celebra en esta escena la muerte de lo imaginario, este espejo que lo tenía acorralado. Lo Real se inscribe, pero de forma siniestra. En este instante se da “la propia imagen de la dislocación, del rasgamiento esencial del sujeto”, como señala Lacan.

En una escena siguiente, Alice duerme al lado de la máscara usada por Bill en la orgía y que fue colocada cuidadosamente sobre la almohada de su marido. (Fig. 31) Cuando Bill ve la máscara que creía perdida ocupando su lugar en la cama al lado de su mujer, la verdad brota de su interior como un manantial. En medio de un llanto convulsivo dice: “Voy a contarte todo”. Su persona podrá ser restaurada. Hay una promesa implícita de que real e imaginario pueden unirse, fundirse en esta cama si es por la vía de lo simbólico. Por fin, una palabra verdadera es restaurada y el triángulo padre/madre/hija se equilibra en la secuencia final de la tienda de juguetes.



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