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Por: Vanessa Brasil Campos Rodríguez* Página 4 de 6
 
 

La secuencia, metafóricamente, nos transporta a su sentido: Bill desea el deseo de la mujer, quiere colocarse en su piel. Su demanda al entrar en la tienda, enmarcada por un gran letrero luminoso en forma de un arco iris, es literal: “Necesito un disfraz”. Pero obsérvese: él va a vestir una ropa tras la cual quiere ocultarse –capa negra y una máscara veneciana– contraponiéndose a la fantasía de su mujer –donde ella se muestra con toda su carencia, desnuda, sin velos que la cubran.

Durante su jornada noche adentro, escenas en blanco y negro describen momentos brevísimos de una relación sexual imaginaria. (Fig. 15) Bill fantasea la fantasía de la mujer, imagina lo que cree que ella había imaginado. El deseo de su esposa pasa a ser su deseo. Él la ve en brazos del oficial de marina, una escena de amor en cámara lenta en la que el hombre conserva su inmaculado uniforme blanco y Alice apenas los zapatos de tacón alto. Pero esta fantasía no es la suya y de nada le sirve. Le oprime. Decíamos anteriormente que Alice estaba para Bill en posición de adoración. Ad-oración nos remite a la palabra orama, así como en cinerama y panorama, que es un vocablo griego para esfera visual. En este sentido, la materialización de la imagen de adoración se establece en el campo visual y se destaca de las demás escenas por su textura y por la fotografía en blanco y negro.

La adoración de la mujer por parte del hombre es extremamente fetichista, como muestran estas imágenes en las que Alice conserva los zapatos de tacón durante la relación sexual. El lado radical que la esposa había revelado (su hendidura, su falta) queda borrado en la actitud de adoración de Bill, pues el fetiche se encarga de tapar toda la herida. Según Freud, el fetichista no tolera la desaparición del pene imaginario, alucinado, porque nunca lo vio, no puede verlo, no admite su ausencia e insiste en encontrarlo. En otras palabras, el fetichista alucina un pene que nunca existió en forma de sustituto.

La cuarta etapa que Bill tiene que superar se inscribe en lo que podríamos titular como espectáculo de lo real. En el hall de entrada del castillo donde la orgía tiene lugar, se destacan, una vez más, los tonos rojos, comenzando por el propio tapete. (Fig. 20)

Sobre un gran círculo de luz de tonalidades rosáceas –para nosotros el círculo es la figura goemétrica que mejor define la perfección de lo imaginario–, hombres y mujeres portan máscaras venecianas, mientras un extraño coro de voces graves al ritmo de tambores da un tono sombrío al espectáculo. (Fig. 21 y Fig. 22) Un clima de ceremonia masónica con unos toques de misa negra ayuda a componer este oscuro escenario imaginario. En torno al círculo de luz, algunas mujeres dejan caer sus capas, dirigidas por la batuta del maestro de ceremonias, una figura que se asemeja a un obispo inquisidor. (Fig. 23 y Fig. 24) Las mujeres escogen sus parejas y la orgía comienza. Bill, uno de los elegidos, va recorriendo los salones y nosotros, como auténticos voyeurs, acompañamos su trayecto, atravesando los innúmeros aposentos del castillo donde ocurren diversas escenas de relaciones sexuales en posiciones varias. La obscenidad reina para el disfrute de la mirada de todos. (Fig. 25)

Estamos ante un terreno donde el sexo es mostrado, no hay privacidad durante el acto sexual y los cuerpos permanecen expuestos. Solo el rostro es preservado de la mirada ajena, solo la máscara conserva y oculta la identidad del otro en este espacio donde el otro se deshace en una siniestra ceremonia en la que se sacrifica el propio sentido del sexo como algo sagrado.

No es el goce lo que observamos en esta profusión de escenas eróticas para la contemplación pública, sino su mascarada, pues, como afirma Requena, no hay lugar para el goce en un espacio donde la expansión narcisista del Yo tiende a aniquilar todo el espacio para el sujeto.

Como coronación de estas escenas tendremos el sacrificio final donde Bill será el gran protagonista del espectáculo. El médico fue convocado y, sin saberlo, es conducido al salón principal donde ya es aguardado por todos los presentes. En el centro del círculo, tras ser interrogado ininterrumpidamente por el maestro de ceremonias, Bill va a responder la seña que le condenará. Su primera pena consiste en quitarse la máscara ante todos y revelar su identidad. (Fig. 26) Se trata del sacrificio de la máscara, la persona del teatro griego, aquello que está en el origen de la palabra persona, lo que nos hace humanos y civilizados. La escena muestra sucesivos planos de curiosos enmascarados que, aunque solo tengan los ojos descubiertos, no esconden su actitud condenatoria. Bill se curva delante del tribunal inquisidor, cuyos miembros tienen la identidad preservada en cuanto la suya es invadida, devastada. No puede verlos y, sin embargo, es visto por todos. Asistimos a una ceremonia en la que caen los signos. Arrancar los signos, derrumbar la máscara, significa mostrar el espectáculo de esa interioridad desvelada, ofrecida a la mirada pública para su goce escópico.

Se trata de una ceremonia de sacrificio en la que no basta contemplar la caída de la máscara. Como segunda pena, el cuerpo de Bill es solicitado para que se exponga a la mirada del público enmascarado. Súbitamente una mujer resuelve inmolarse en su lugar y ofrece su cuerpo en sacrificio. (Fig. 27) El cuerpo de mujer es sacrificado para proteger la integridad del hombre.

El otro del sueño

En la secuencia siguiente, Bill contempla a su esposa inmersa en un sueño profundo. Las carcajadas de la mujer la causa tanto malestar que lo lleva a despertarla.

Alice narra el sueño, un relato cargado de angustia y entrecortado por el llanto. El deseo inconsciente que le había proporcionado placer en sueños se materializa en la escena por las carcajadas. Pero en la vigilia, el recuerdo del contenido onírico provoca tamaña angustia en la mujer que acaba por desahogar en un llanto convulsivo. Freud afirma que los sueños son simples realizaciones de deseos, incluso los sueños de ansiedad, donde la realización de deseos no es tan evidente. Estos sueños están acompañados por sentimientos que van, desde una sensación desagradable, hasta una ansiedad acentuada. [2]


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