| La secuencia,
metafóricamente, nos transporta a su sentido:
Bill desea el deseo de la mujer, quiere colocarse en
su piel. Su demanda al entrar en la tienda, enmarcada
por un gran letrero luminoso en forma de un arco iris,
es literal: “Necesito un disfraz”. Pero
obsérvese: él va a vestir una ropa tras
la cual quiere ocultarse –capa negra y una máscara
veneciana– contraponiéndose a la fantasía
de su mujer –donde ella se muestra con toda su
carencia, desnuda, sin velos que la cubran.
Durante su jornada noche adentro,
escenas en blanco y negro describen momentos brevísimos
de una relación sexual imaginaria. (Fig.
15) Bill fantasea la fantasía de la mujer,
imagina lo que cree que ella había imaginado.
El deseo de su esposa pasa a ser su deseo. Él la ve
en brazos del oficial de marina, una escena de amor
en cámara lenta en la que el hombre conserva
su inmaculado uniforme blanco y Alice apenas los zapatos
de tacón alto. Pero esta fantasía no es
la suya y de nada le sirve. Le oprime. Decíamos
anteriormente que Alice estaba para Bill en posición
de adoración. Ad-oración nos remite a
la palabra orama, así como en cinerama y panorama,
que es un vocablo griego para esfera visual. En este
sentido, la materialización de la imagen de adoración
se establece en el campo visual y se destaca de las
demás escenas por su textura y por la fotografía
en blanco y negro.
La adoración de la mujer
por parte del hombre es extremamente fetichista, como
muestran estas imágenes en las que Alice conserva
los zapatos de tacón durante la relación
sexual. El lado radical que la esposa había revelado
(su hendidura, su falta) queda borrado en la actitud
de adoración de Bill, pues el fetiche se encarga
de tapar toda la herida. Según Freud, el fetichista
no tolera la desaparición del pene imaginario,
alucinado, porque nunca lo vio, no puede verlo,
no admite su ausencia e insiste en encontrarlo. En otras
palabras, el fetichista alucina un pene que nunca existió
en forma de sustituto.
La cuarta etapa que Bill tiene
que superar se inscribe en lo que podríamos titular
como espectáculo de lo real. En el hall de entrada
del castillo donde la orgía tiene lugar, se destacan,
una vez más, los tonos rojos, comenzando por
el propio tapete. (Fig.
20)
Sobre un gran círculo
de luz de tonalidades rosáceas –para nosotros
el círculo es la figura goemétrica que
mejor define la perfección de lo imaginario–,
hombres y mujeres portan máscaras venecianas,
mientras un extraño coro de voces graves al ritmo
de tambores da un tono sombrío al espectáculo.
(Fig.
21 y Fig.
22) Un clima de ceremonia masónica con unos
toques de misa negra ayuda a componer este oscuro escenario
imaginario. En torno al círculo de luz, algunas
mujeres dejan caer sus capas, dirigidas por la batuta
del maestro de ceremonias, una figura que se asemeja
a un obispo inquisidor. (Fig.
23 y Fig.
24) Las mujeres escogen sus parejas y la orgía
comienza. Bill, uno de los elegidos, va recorriendo
los salones y nosotros, como auténticos voyeurs,
acompañamos su trayecto, atravesando los innúmeros
aposentos del castillo donde ocurren diversas escenas
de relaciones sexuales en posiciones varias. La obscenidad
reina para el disfrute de la mirada de todos. (Fig.
25)
Estamos ante un terreno donde
el sexo es mostrado, no hay privacidad durante el acto
sexual y los cuerpos permanecen expuestos. Solo
el rostro es preservado de la mirada ajena, solo
la máscara conserva y oculta la identidad del
otro en este espacio donde el otro se deshace en una
siniestra ceremonia en la que se sacrifica el propio
sentido del sexo como algo sagrado.
No es el goce lo que observamos
en esta profusión de escenas eróticas
para la contemplación pública, sino su
mascarada, pues, como afirma Requena, no hay lugar para
el goce en un espacio donde la expansión narcisista
del Yo tiende a aniquilar todo el espacio para el sujeto.
Como coronación de estas
escenas tendremos el sacrificio final donde Bill será
el gran protagonista del espectáculo. El médico
fue convocado y, sin saberlo, es conducido al salón
principal donde ya es aguardado por todos los presentes.
En el centro del círculo, tras ser interrogado
ininterrumpidamente por el maestro de ceremonias, Bill
va a responder la seña que le condenará.
Su primera pena consiste en quitarse la máscara
ante todos y revelar su identidad. (Fig.
26) Se trata del sacrificio de la máscara,
la persona del teatro griego, aquello que está
en el origen de la palabra persona, lo que nos hace
humanos y civilizados. La escena muestra sucesivos planos
de curiosos enmascarados que, aunque solo tengan
los ojos descubiertos, no esconden su actitud condenatoria.
Bill se curva delante del tribunal inquisidor, cuyos
miembros tienen la identidad preservada en cuanto la
suya es invadida, devastada. No puede verlos y, sin
embargo, es visto por todos. Asistimos a una ceremonia
en la que caen los signos. Arrancar los signos, derrumbar
la máscara, significa mostrar el espectáculo
de esa interioridad desvelada, ofrecida a la mirada
pública para su goce escópico.
Se trata de una ceremonia de
sacrificio en la que no basta contemplar la caída
de la máscara. Como segunda pena, el cuerpo de
Bill es solicitado para que se exponga a la mirada del
público enmascarado. Súbitamente una mujer
resuelve inmolarse en su lugar y ofrece su cuerpo en
sacrificio. (Fig.
27) El cuerpo de mujer es sacrificado para proteger
la integridad del hombre.
El
otro del sueño
En la secuencia siguiente, Bill contempla a su esposa
inmersa en un sueño profundo. Las carcajadas
de la mujer la causa tanto malestar que lo lleva a
despertarla.
Alice narra el sueño,
un relato cargado de angustia y entrecortado por el llanto.
El deseo inconsciente que le había proporcionado
placer en sueños se materializa en la escena
por las carcajadas. Pero en la vigilia, el recuerdo
del contenido onírico provoca tamaña angustia
en la mujer que acaba por desahogar en un llanto convulsivo.
Freud afirma que los sueños son simples realizaciones
de deseos, incluso los sueños de ansiedad, donde
la realización de deseos no es tan evidente.
Estos sueños están acompañados
por sentimientos que van, desde una sensación
desagradable, hasta una ansiedad acentuada. [2]
Página 1
2 3
4 5
6
Regresar a los artículos
Descargar
versión imprimible del artículo PDF
|