| La
fantasía
Alice permanece en el suelo para narrar su sueño
diurno, hablar de su deseo, de su fantasía. Relata,
paso a paso, su experiencia. (Fig.
13) Deletrea, degusta cada sílaba, traduce
para el lenguaje la trama de su verdad. La secuencia
nos brinda este momento soberbio, privilegio único
de los textos artísticos, donde se muestra la
grieta del Yo a partir de la cual emerge el Sujeto y
su interrogación, abriéndose el texto
a la angustia.
Bajo la mirada atenta de Bill,
su mujer confiesa cómo la simple visión
de un oficial de marina había marcado su vida.
(Fig.
14) Tras un breve intercambio de miradas, se sintió
tan profundamente atraída por el desconocido que llegó
a pensar en abandonar todo por una sola noche a su lado.
Pausadamente, sigue recordando que en aquella misma
tarde el matrimonio había tenido sexo. Durante
todo el acto la imagen del oficial no abandonó
su pensamiento, pero por otro lado, nunca su marido
le había parecido tan precioso y su amor por
él se reveló tierno y triste. La verdad
dolorosa de Alice también es constitutiva de
su amor y su tentativa de escritura toca profundamente
al espectador.
Las preguntas más difíciles
del psicoanálisis en nuestra opinión son:
¿Qué es una mujer? ¿Qué
desea una mujer? Recordemos la imagen en el espejo,
punto de partida de nuestro ensayo. Esos ojos de ella
bien abiertos, mirándose en el espejo, interrogan.
Ella se mira en una situación de extrema angustia.
Alice, como vimos en su extraordinario relato, sabe
del goce. Entonces ¿cuál es su problema?
Alice, sentada en el suelo,
hace una confesión. Transforma en discurso una
experiencia de goce. Como respuesta, quiere oír una
palabra que esté del lado del deseo, es decir,
quiere tocar lo Real por la vía de lo simbólico.
Quiere entregarse a alguien que sea capaz de guiarla
en su goce, pero alguien que no entre en pánico,
que no salga corriendo. ¿Y qué hace Bill
tras oír su relato? Sale. Como respuesta a la demanda
de su mujer, le ofrece un silencio seguido de un movimiento
de fuga. Bill recibe la llamada de la hija de un paciente
suyo que había acabado de fallecer. Esta misma
mujer confesará su pasión por el médico
ante el cadáver de su padre. Por lo tanto, no
es a la apelación de su mujer que acude rápidamente
sino a la de otra mujer. Incapaz de enfrentar la cuestión
del sujeto por la vía de la introspección,
es decir, buscando su respuesta en un espacio interior,
Bill emprende un movimiento contrario, sale, va a buscar
afuera, en la calle.
Alice, para Bill, estaba en
posición de mujer adorada, un ser perfecto, sin
hendiduras o grietas. Recordemos una de las secuencias
iniciales del film, cuando se preparaban para la fiesta.
Alice, sentada en el retrete, le pregunta sobre su apariencia
y él, sin mirarla sintetiza: “Perfecta”.
(Fig.
15) Esta es la palabra que define ejemplarmente la
posición inicial que ocupa su mujer en el relato
(aun estando en una posición nada adorable).
Pero, tras la contundente revelación
de su fantasía, su esposa pasa a ocupar el lugar
de carente, de herida, y eso le choca a Bill. El objeto
de amor se convierte, entonces, en objeto de temor.
En este sentido, prestemos atención a la palabra
revelación, que significa “acto de revelarse,
de quitarse el velo”. El velo ayuda a dibujar
esta noción de deseo en lo imaginario, en el
que los amantes se funden en un todo que es el de plenitud
narcisista, un espacio donde nada les falta, una fantasía
de pacto absoluto que un ser hace con el otro. La caída
del velo imaginario rompe este espacio de perfección
y de placer absoluto.
Cuatro
puertas
Bill parte en una larga jornada noche adentro. Algo
lo impulsa, alguna cosa en su interior lo empuja en
dirección a las calles, como si un extraño
vórtice fuese absorbiéndolo. En el centro
le aguarda lo Real. Este trayecto en dirección
a lo real es mostrado ejemplarmente en las imágenes
del film. La escenografía describe con precisión
este viaje iniciático que tiene como punto de
partida el dormitorio de la pareja, lugar de la revelación
de la esposa. Acto seguido, la visita a la hija del
paciente muerto es, de nuevo, otro secreto revelado,
asimismo seguido por más un movimiento
de fuga. Bill no vuelve a casa, sino que vaga por las
calles de la ciudad recorriendo un extraño y
oscuro laberinto.
Nuestro héroe no está
constituido, pues aún hay pruebas que debe superar.
En busca de su “formación iniciática”
comienza su itinerario separándose del lecho
conyugal, enfrentándose con la muerte del paciente
y desembocando en otros ritos de pasaje, inscritos en
el film en el acto de traspasar cuatro puertas (recordemos
que también fueron cuatro las llamadas del teléfono),
donde se pone de manifiesto la presencia del color y
la luz rojos. La primera puerta que atraviesa es la
de la casa de una prostituta que lo aborda en plena
calle. La chillona puerta roja constituye el primer
umbral, el primer pasaje en la aventura en dirección
a lo real. (Fig.
16) El rojo puntúa bien este trayecto
recorrido por Bill, pues se trata de un color que nombra
con precisión el terreno de la seducción,
de la violencia y el de la muerte, elementos con los
que tendrá que enfrentarse.
Como respuesta a la carencia
revelada por su esposa, Bill va al encuentro de una
prostituta, es decir, una mujer degradada por la sexualidad,
que es la propia materialización de la imagen,
ahora degradada y maculada, de Alice. El acto sexual
con la prostituta no se concretiza gracias a una providencial
llamada de teléfono de su mujer.
Bill continúa su viaje
iniciático, cuando un lugar en especial atrae
su atención y hacia él se dirige. Un segundo
pasaje será asimismo señalado
por la fuerte presencia de tonos rojos, color que hará
su inscripción ya en la entrada del bar, en la
marquesina, en el marco de las fotos de divulgación,
en las escaleras que conducen al interior y en la espesa
iluminación. (Fig.
17 y Fig.
18) En este night club actúa un pianista
amigo suyo que le entrega, solo después que Bill
le insistió mucho, la seña para una extraña
orgía sexual. Para entrar en la fiesta será
necesario, además de la seña, vestir un
disfraz especial. Algo del terreno de lo siniestro comienza
a anunciarse.
El tercer umbral que Bill debe
traspasar en su jornada iniciática es el de una
extraña tienda denominada “Rainbow”,
donde un excéntrico propietario vende los favores
de su propia hija adolescente. Para conseguir su disfraz
Bill deberá atravesar el arco iris, ver el otro
lado. (Fig.
19) Existe una sabiduría popular que afirma
que aquel que pasa por debajo del arco iris se transforma
en un ser del otro sexo. Podemos enlazar la secuencia
con el convite hecho por las dos modelos en la fiesta
de fin de año, proponiendo como destino el final
del arco iris.
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