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Por: Vanessa Brasil Campos Rodríguez* Página 3 de 6
 
 

La fantasía

Alice permanece en el suelo para narrar su sueño diurno, hablar de su deseo, de su fantasía. Relata, paso a paso, su experiencia. (Fig. 13) Deletrea, degusta cada sílaba, traduce para el lenguaje la trama de su verdad. La secuencia nos brinda este momento soberbio, privilegio único de los textos artísticos, donde se muestra la grieta del Yo a partir de la cual emerge el Sujeto y su interrogación, abriéndose el texto a la angustia.

Bajo la mirada atenta de Bill, su mujer confiesa cómo la simple visión de un oficial de marina había marcado su vida. (Fig. 14) Tras un breve intercambio de miradas, se sintió tan profundamente atraída por el desconocido que llegó a pensar en abandonar todo por una sola noche a su lado. Pausadamente, sigue recordando que en aquella misma tarde el matrimonio había tenido sexo. Durante todo el acto la imagen del oficial no abandonó su pensamiento, pero por otro lado, nunca su marido le había parecido tan precioso y su amor por él se reveló tierno y triste. La verdad dolorosa de Alice también es constitutiva de su amor y su tentativa de escritura toca profundamente al espectador.

Las preguntas más difíciles del psicoanálisis en nuestra opinión son: ¿Qué es una mujer? ¿Qué desea una mujer? Recordemos la imagen en el espejo, punto de partida de nuestro ensayo. Esos ojos de ella bien abiertos, mirándose en el espejo, interrogan. Ella se mira en una situación de extrema angustia. Alice, como vimos en su extraordinario relato, sabe del goce. Entonces ¿cuál es su problema?

Alice, sentada en el suelo, hace una confesión. Transforma en discurso una experiencia de goce. Como respuesta, quiere oír una palabra que esté del lado del deseo, es decir, quiere tocar lo Real por la vía de lo simbólico. Quiere entregarse a alguien que sea capaz de guiarla en su goce, pero alguien que no entre en pánico, que no salga corriendo. ¿Y qué hace Bill tras oír su relato? Sale. Como respuesta a la demanda de su mujer, le ofrece un silencio seguido de un movimiento de fuga. Bill recibe la llamada de la hija de un paciente suyo que había acabado de fallecer. Esta misma mujer confesará su pasión por el médico ante el cadáver de su padre. Por lo tanto, no es a la apelación de su mujer que acude rápidamente sino a la de otra mujer. Incapaz de enfrentar la cuestión del sujeto por la vía de la introspección, es decir, buscando su respuesta en un espacio interior, Bill emprende un movimiento contrario, sale, va a buscar afuera, en la calle.

Alice, para Bill, estaba en posición de mujer adorada, un ser perfecto, sin hendiduras o grietas. Recordemos una de las secuencias iniciales del film, cuando se preparaban para la fiesta. Alice, sentada en el retrete, le pregunta sobre su apariencia y él, sin mirarla sintetiza: “Perfecta”. (Fig. 15) Esta es la palabra que define ejemplarmente la posición inicial que ocupa su mujer en el relato (aun estando en una posición nada adorable).

Pero, tras la contundente revelación de su fantasía, su esposa pasa a ocupar el lugar de carente, de herida, y eso le choca a Bill. El objeto de amor se convierte, entonces, en objeto de temor. En este sentido, prestemos atención a la palabra revelación, que significa “acto de revelarse, de quitarse el velo”. El velo ayuda a dibujar esta noción de deseo en lo imaginario, en el que los amantes se funden en un todo que es el de plenitud narcisista, un espacio donde nada les falta, una fantasía de pacto absoluto que un ser hace con el otro. La caída del velo imaginario rompe este espacio de perfección y de placer absoluto.

Cuatro puertas

Bill parte en una larga jornada noche adentro. Algo lo impulsa, alguna cosa en su interior lo empuja en dirección a las calles, como si un extraño vórtice fuese absorbiéndolo. En el centro le aguarda lo Real. Este trayecto en dirección a lo real es mostrado ejemplarmente en las imágenes del film. La escenografía describe con precisión este viaje iniciático que tiene como punto de partida el dormitorio de la pareja, lugar de la revelación de la esposa. Acto seguido, la visita a la hija del paciente muerto es, de nuevo, otro secreto revelado, asimismo seguido por más un movimiento de fuga. Bill no vuelve a casa, sino que vaga por las calles de la ciudad recorriendo un extraño y oscuro laberinto.

Nuestro héroe no está constituido, pues aún hay pruebas que debe superar. En busca de su “formación iniciática” comienza su itinerario separándose del lecho conyugal, enfrentándose con la muerte del paciente y desembocando en otros ritos de pasaje, inscritos en el film en el acto de traspasar cuatro puertas (recordemos que también fueron cuatro las llamadas del teléfono), donde se pone de manifiesto la presencia del color y la luz rojos. La primera puerta que atraviesa es la de la casa de una prostituta que lo aborda en plena calle. La chillona puerta roja constituye el primer umbral, el primer pasaje en la aventura en dirección a lo real. (Fig. 16) El rojo puntúa bien este trayecto recorrido por Bill, pues se trata de un color que nombra con precisión el terreno de la seducción, de la violencia y el de la muerte, elementos con los que tendrá que enfrentarse.

Como respuesta a la carencia revelada por su esposa, Bill va al encuentro de una prostituta, es decir, una mujer degradada por la sexualidad, que es la propia materialización de la imagen, ahora degradada y maculada, de Alice. El acto sexual con la prostituta no se concretiza gracias a una providencial llamada de teléfono de su mujer.

Bill continúa su viaje iniciático, cuando un lugar en especial atrae su atención y hacia él se dirige. Un segundo pasaje será asimismo señalado por la fuerte presencia de tonos rojos, color que hará su inscripción ya en la entrada del bar, en la marquesina, en el marco de las fotos de divulgación, en las escaleras que conducen al interior y en la espesa iluminación. (Fig. 17 y Fig. 18) En este night club actúa un pianista amigo suyo que le entrega, solo después que Bill le insistió mucho, la seña para una extraña orgía sexual. Para entrar en la fiesta será necesario, además de la seña, vestir un disfraz especial. Algo del terreno de lo siniestro comienza a anunciarse.

El tercer umbral que Bill debe traspasar en su jornada iniciática es el de una extraña tienda denominada “Rainbow”, donde un excéntrico propietario vende los favores de su propia hija adolescente. Para conseguir su disfraz Bill deberá atravesar el arco iris, ver el otro lado. (Fig. 19) Existe una sabiduría popular que afirma que aquel que pasa por debajo del arco iris se transforma en un ser del otro sexo. Podemos enlazar la secuencia con el convite hecho por las dos modelos en la fiesta de fin de año, proponiendo como destino el final del arco iris.


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