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Por: Vanessa Brasil Campos Rodríguez* Página 2 de 6
 
 

En la escena siguiente Bill y su mujer están sobre la cama. Ella, recostada, aspira el humo del cigarrillo de marihuana, con los ojos bien cerrados. (Fig. 9) A continuación, se inicia un diálogo donde quedan evidentes las sospechas de ambos sobre una posible traición durante la fiesta. La escena trae una interpelación latente que podría ser traducida de la siguiente manera: ¿continúas deseándome?, ¿tu mirada aún es para mí?, si me deseas ¿por qué me deseas? Es interesante destacar que Alice pronuncia las palabras tan lentamente como si las deletrease, saboreando cada una de ellas, como si quisiera fijarlas en el tiempo y en el espacio. El diálogo sigue en ritmo cadencioso. La mujer narra a su marido cómo el húngaro le había propuesto mantener relaciones sexuales. En respuesta a esta revelación Bill contesta con un frío comentario: “me parece comprensible”. Es decir, para Bill el hecho es perfectamente inteligible, pues él entiende perfectamente el deseo del seductor. Pero no nos olvidemos, están hablando de sexo. Como bien señala Requena, este es un terreno que está lejos de ser el de la comprensión, y sí de lo que no se comprende.

Asimismo, es interesante resaltar la importancia del elemento marihuana, droga conocida por provocar la evasión de la realidad. Alice, como adelantamos, nos va a introducir en su experiencia, auxiliada por el contacto con la marihuana. En otras palabras, la evasión de la realidad le permite poder nombrar su experiencia de lo real y en lo real. Así, el texto fílmico nos proporciona elementos para destacar la dualidad real & realidad.

“Lo real está ahí. Es. Con independencia de toda conciencia que pretenda pensarlo. Se diferencia netamente, por eso, de esa otra cosa que llamamos la realidad: el mundo en tanto ordenado, pensable, inteligible para esa especie, la nuestra, que se obceca en pensarlo”. (Requena, 1998, p. 8)

Según el autor, lo Real es la fuente de energía por excelencia, y ¿en qué lugar esto se articula mejor que en el campo sexual? Ella está hablando de sexo. Luego está nombrando un terreno en el que nada es comprensible, previsible, explicable, inteligible. ¿Qué espera Alice oír de su marido? Quiere otra palabra, en absoluto “comprensible”. La pregunta que está latente en la demanda de esta mujer, sea lo que sea, tiene relación con esta cama donde yace, pero también la trasciende, la sobrepasa, va más allá. Un análisis precipitado de la secuencia puede llevernos a pensar: esta mujer, sobre esta cama, fumando marihuana, está en busca del placer. Sin embargo, no pasa de una conclusión desprovista de reflexiones, ya que el goce, lo sabemos desde Freud, no es el placer. No es, por tanto, el placer lo que Alice está demandando, sino aquello que está más allá del placer: el goce.

“El goce no es, después de todo, otra cosa que el ámbito de la experiencia del sujeto: experiencia de carencia, de la inanidad esencial de todo objeto de deseo, de su incapacidad de rellenar la grieta del sujeto. Así, el precio del acceso al goce es siempre la herida narcisista: solo hay goce allí donde el Yo del sujeto conoce cierta quiebra, donde, en suma, lo real emerge cuando lo imaginario se resquebraja –de ahí que el goce suponga siempre el contacto con el horizonte de la muerte.” (Requena y Zárate, 1995, p. 47)

El film comprueba esta afirmación en términos visuales, pues Alice se incorpora de esta cama subrayada por su cobertor rojo (color de la seducción, del placer), lugar emblemático del encuentro de la pareja, colocándose de pie ante la mirada atónita de su marido. Va a posicionarse en un terreno que se sitúa más allá del placer, colocándose fuera de la cama.

Se sitúa en el umbral de una puerta, elemento femenino que constituye un pasaje, una abertura para otro lado. (Fig. 10) En esta escena, la puerta describe una composición en rectángulo que, a su vez, enmarca otro rectángulo interior definido por una ventana, cuyo azul profundo convida a la reflexión, a la introspección. No podemos dejar de destacar esta oposición cromática rojo & azul. Se trata de un juego de contrarios presente en todo el film: los tonos cálidos que van de los rosáceos, anaranjados al rojo vivo frente a los tonos fríos que se presentan desde los lilas al azul más profundo. En términos visuales, el gesto de Alice nos revela una salida del plano de lo imaginario para adentrarse en otro terreno donde pueda nombrar su experiencia, que siempre es, como resaltamos anteriormente, experiencia de y en lo real.

El matrimonio traza algunas consideraciones sobre celos y traición en cuanto Alice se sitúa significativamente de espaldas a un espejo, elemento que constituye la metáfora de lo imaginario. (Fig. 11) “¡Si vosotros, los hombres, supiéseis!”, afirma proféticamente. Esta frase puede ser leída de la siguiente forma: “si vosotros, los hombres, supiéseis lo que nosotras, mujeres, sabemos...”. “Si vosotros, hombres, supiéseis lo que es una mujer, lo que desea una mujer...”

Se sienta en el suelo. Gesto extremo, donde el abandono del universo narcisista está subrayado en esta postura de Alice. (Fig. 12) Ella desciende del pedestal de mujer adorada y se muestra en toda su singularidad, en su feminidad. Lo que la mujer, y aquí nombramos al sexo femenino, realmente sabe (y cuando decimos saber, nos referimos al sujeto del inconsciente) es de su posición de goce. Este es el punto radical de la mujer: su herida. Para poder entregarse, la mujer debe entregarse a alguien que la conduzca en su experiencia del goce. Goce que supone el contacto con lo real.


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