|
En el caso de Los asesinos,
de Robert Siodmak, la influencia de Ciudadano
Kane, de Orson Welles, realizada pocos años
antes, es evidente. La cinta está estructurada
como una encuesta que busca comprender la causa de la
muerte de un hombre. A partir de allí se suceden
los testimonios y los relatos que tratan de iluminar
el pasado, lo que significa obrar con el dato escondido
en hipérbaton (el misterio de “Rosebud”
en la película de Welles tiene la misma naturaleza).
La cinta de Siodmak es muy rica
desde el punto de vista estilístico y mitográfico,
ya que las presencias de Ava Gardner vestida de negro
–apariencia citada por el personaje de Camila
(Laura Elena Harring) en El camino de los sueños,
de David Lynch– y Burt Lancaster son impresionantes,
pero la narración adolece de un mecanicismo casi
fatal que obliga a encontrar la causa última
que reacomoda el dato desplazado hasta ese momento.
El fragmento inicial de la película
de Siodmak, que corresponde a la adaptación directa
del relato de Hemingway, es un triunfo del estilo atmosférico
del cine negro. Claroscuros, concentraciones atmosféricas,
zonas netas de luz y sombra, rostros amenazantes de
los asesinos y un Burt Lancaster que yace en estado
de gracia, como repitiendo los modelos de la iconografía
religiosa del Mesías esperando su destino, son
los puntos más fuertes de esta película.
En el caso de la cinta de Donald
Siegel, que fue el director originalmente previsto para
realizar la versión de los años cuarenta,
la adaptación de Hemingway se extravía
hasta terminar como un pretexto. La secuencia inicial
del ingreso de los asesinos se ambienta en una institución
para ciegos y no en un bar, y la identidad física
de los dos personajes se rompe en beneficio de un Lee
Marvin de presencia contundente. La metáfora
de los asesinos, cubiertos con anteojos oscuros como
ciegos que cumplen su misión sin contemplaciones,
funciona muy bien. La película durante todo su
desarrollo tiene una dimensión dinámica,
de acción física neta y narración
vectorial.
Pero no todo se agota en un
asunto de técnicas narrativas o especificidades
de la adaptación literaria. En Los asesinos
encontramos motivos que recorren la obra posterior de
Tarkovski. Uno de ellos es el del exilio.
Se ha dicho muchas veces que
Tarkovski fue un exiliado vocacional. No sólo
por las condiciones materiales o geográficas
de su obra, o por sus relaciones con la administración
soviética, sino por ese modo tan particular de
encarnar la abulia existencial, diseminada en tantos
personajes que padecen de incapacidad para actuar de
modo voluntario y afirmativo. Ante un mundo de sentidos
impenetrables, ellos se mantienen en una actitud de
ausencia que a veces se asemeja al desconcierto o luce
como ensimismamiento.
La elección del cuento
de Hemingway, en 1956, constituyó un modo de
afirmación particular. Para ese trabajo estudiantil,
Tarkovski no optó por un relato capaz de encarnar
las tradiciones de su pueblo ni la ideología
oficial vigente. Por el contrario, escogió la
obra de un célebre escritor occidental que logró
combinar en pocas páginas la concreción
de una historia acotada en espacio y tiempo y una dimensión
muy curiosa de espiritualidad. Ya a los 24 años,
Tarkovski se afirmaba como extranjero a la tradición
de lo soviético y su cultura afirmativa y “progresista”.
En Los asesinos,
el comportamiento del “sueco”, su abulia,
su pasividad, su negativa a actuar, llaman la atención,
escapan a lo previsible, lucen como una rebeldía
interna o como un reclamo final de libertad personal.
El crítico norteamericano
Jonathan Rosenbaum ha dicho que en las películas
de Tarkovski, un hombre puede afirmar: “soy un
prisionero en todo lugar”. No importa dónde
esté, sea en el gran espacio de la campiña
nórdica o en el más bello lugar de la
Toscana, los sentimientos de extrañeza y relegación
pesan en él. Por eso, el sueco Ole es el primer
prisionero interior del cine de Tarkovski. Exiliado
de la vida, de la aventura, del mundo del crimen, o
de lo que fuere, Ole elige mantenerse en la extrañeza.
En un mundo de espacios duales, su zona es la de la
habitación en claroscuro. Allí se queda
y esperará la muerte. Lo que lo lleva a la memoria
del bien perdido (la libertad, la vida misma) y a la
melancolía, ese sentimiento que irriga todo el
cine de Tarkovski, pero particularmente cintas como Nostalgia y
El espejo.
Estar exiliado, o ser prisionero,
es vivir con un sentido claro de la impotencia. El sueco
de Los asesinos no actúa y siente
que su tiempo ya pasó; que su vida anterior le
ha atado las manos. Es lo mismo que ocurre con Andrei
Rublev, cuando no puede pintar, o con el protagonista
de El sacrificio, atribulado con el misterio
del fin de la humanidad. En Los asesinos,
el sueco, echado en la cama de su habitación,
tiene la mirada perdida y la cámara lo muestra
en ese estado pasivo y de incertidumbre. Pero la impotencia
no solamente alcanza al sueco; también afecta
a la pareja de asesinos que entran al bar con todo ímpetu
(el travelling que los acompaña en su ingreso
apunta una decisión que luego pierde impulso
ante la imposibilidad de cumplir la misión a
la hora señalada) o al propio Nick Adams, el
joven que asiste asombrado a la renuncia final de Ole,
y que antecede a personajes similares en las siguientes
cintas de Tarkovski. Nick es un mensajero del desastre,
ese que sobreviene luego de que alguien ha alertado
de la caída. Caída inevitable ya que nadie
reacciona para impedirla, a no ser que ocurra un “sacrificio”.
Encontramos ecos de esa
misma actitud en el personaje de Domenico en Nostalgia,
incapaz de reaccionar e inmolándose por el fuego;
y es acaso ese sentimiento de abulia el que se opone
al gesto de lucidez final de El sacrificio.
Abulia y sacrificio: polos temáticos de una obra
muy rica que empezaron a perfilarse en Los asesinos,
un cortometraje estudiantil de 1956.
Página 1
2 3
4
Regresar a los artículos
Descargar
versión imprimible del artículo PDF
|