| Es que el
cine de Tarkovski es un cine alusivo y elusivo que nunca
ofrece explicaciones ni informaciones definitivas. Su
rechazo tan conocido al montaje intervencionista de la
estirpe de Eisenstein lo orienta en esa vía. Tarkovski
escribió que el montaje intelectual, ideológico,
conceptual o de atracciones y contrastes, resultaba incompatible
con la naturaleza del cine, un arte que, según
él, no puede organizarse formalmente a partir de
una disposición conceptual. Tarkovski pretendía
expresar sensaciones y emociones inefables, que están
más allá del descubrimiento súbito
de un secreto argumental o el dato decisivo de una intriga.
Un ejemplo interesante de la
necesidad de conciliar el carácter alusivo del
relato con el empleo de un procedimiento cinematográfico
distinto al del montaje conceptual e intervencionista,
se encuentra en la película Nostalgia.
Allí, en una secuencia de notable condensación
poética, un personaje recorre un espacio manteniendo
encendida la luz de una vela. Lo vemos trajinar el lugar
una y otra vez, tratando de conservar el agonizante
resplandor.
Lo que interesa allí
es el tiempo casi agónico que transcurre ante
nuestra expectativa. Durante más de ocho minutos,
vemos el gesto de la mano que protege el fuego del viento
y los recorridos casi compulsivos. Sólo importa
la fluencia del tiempo que pasa. Esta acción
mínima, de escasísima relevancia dramática
desde el punto de vista tradicional, adquiere dentro
de la película la dimensión de una prueba
última y un acto de supervivencia. El encuadre
es dilatado y lo que importa es el ritmo quedo y la
trayectoria pausada del movimiento de la cámara.
El motivo de esta acción es un dato oculto y
su puesta en escena cinematográfica rehuye cualquier
explicación. El sentido final nace del gesto
sin causa y de la naturaleza alusiva de la toma, que
se prolonga sin corte. La acción adquiere un
aire ritual y meditativo. El trance espiritual se traduce
en una fluencia temporal que repudia los cortes del
montaje.
El acto del personaje de Nostalgia
resulta, al cabo, tan impenetrable como la espera pasiva
del sueco Ole. Y esa dimensión de lo impenetrable
está ofrecida por una opción de estilo:
al evitar los cortes recurrentes, la mirada del espectador
enlaza los términos del encuadre, establece relaciones
entre los objetos y personajes que se sitúan
allí y marca índices. La duración
del encuadre impone la contemplación de lo tangible
y nos remite a sentidos que están siempre más
allá.
De allí el carácter
elíptico del cine de Tarkovski. La elipsis supone
el escamoteo de la información que requiere el
espectador para seguir algunos incidentes de la trama.
Los asesinos es un relato claramente elíptico.
El diálogo alude a sobreentendidos que no tienen
precedentes en el mismo texto; se habla de hechos pasados
que nunca sabemos si son reales o supuestos; se deja
el destino del sueco en un final suspensivo. Esa puede
ser una de las razones por las que el joven Tarkovski
se interesó en el relato de Hemingway y en su
técnica de postergación indefinida del
hecho final.
El carácter elíptico distingue la adaptación
de Tarkovski de las otras dos versiones del cuento de
Hemingway que se han realizado hasta hoy. Tanto en la
adaptación dirigida por Robert Siodmak, en 1946,
como en la versión realizada por Donald Siegel,
en 1964, se urde una explicación a la renuencia
del sueco y se hurga en el pasado de la historia, es
decir en el origen de la tragedia. Es decir, se inventa
la biografía criminal del sueco. En ambas películas,
“el dato escondido” termina expuesto. Como
exige el relato hollywoodense, la información
puede estar descolocada, pero sólo de modo temporal.
La revelación final es ineludible.
Volvamos a Vargas Llosa:
“Esos 'datos escondidos'
no tienen respuesta dentro del discurso novelesco y
el propio lector debe esclarecerlos a partir de las
pocas pistas que la novela le ofrece. A esos 'datos
escondidos' definitivos, abolidos para siempre de una
novela, podemos llamarlos elípticos, para diferenciarlos
de los que sólo han sido temporalmente ocultados
al lector, desplazados en la cronología novelesca
para crear expectativa, suspenso, como ocurre en las
novelas policiales, donde sólo al final se descubre
al asesino. A esos 'datos escondidos' sólo momentáneos
–descolocados– podemos llamarlos 'datos escondidos en
hipérbaton', figura poética que, como
usted recordará, consiste en descolocar una palabra
en el verso por razones de eufonía o rima ("Era
del año la estación florida..." en
vez del orden regular: "Era la estación
florida del año...")”.
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