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Los asesinos
 
 
Por: Ricardo Bedoya* Página 2 de 4
 
 
El joven Tarkovski realizó una adaptación casi literal del texto original. Sabemos, por supuesto, que no existen este tipo de adaptaciones fieles en el cine, puesto que la transposición de cualquier texto de un lenguaje a otro supone ya una ruptura de la literalidad, pero afirmamos que Tarkovski usó la estructura narrativa de Hemingway como un guión original en bruto, ya que en el cuento, a pesar de su laconismo, están marcadas las indicaciones de tiempo, espacios, fisonomía de los personajes y diálogos escuetos. En la película de Andrei Tarkovski esos diálogos están respetados, incluso en su fraseo original, y se mantienen los nombres de los personajes. Sólo se suprime la aparición de un personaje secundario –la portera del edificio donde yace el sueco– y, con esa supresión, Tarkovski concentra aún más la tensión dramática y la sensación de encierro que marca el tono del relato.

Sabemos que las películas de Tarkovski nunca están organizadas de acuerdo a una dramaturgia tradicional o previsible. Sin embargo, narran historias. No es errado pensar que el cortometraje de 1956 nació como producto de un ejercicio destinado a aprender los rudimentos de las técnicas narrativas que, más tarde, el realizador de El espejo y Stalker pondría en cuestión. Los asesinos sigue una trama que avanza entre diálogos cortos y acerados que escamotean la mención del motivo que permita entender los hechos expuestos, así como evita la explicación final que satisfaga la curiosidad sobre las motivaciones íntimas del protagonista, que espera la muerte con absoluta pasividad. He allí el dato escondido.

Las tramas de las cintas de Tarkovski reposan sobre zonas de sentido opaco y, por eso, nada es conclusivo. Los datos esquivos, las informaciones que no llegan y las claves que nunca obtendremos, articulan su cine. Y no sólo se eluden elementos temáticos o argumentales. Los procedimientos formales también escapan, se deslizan, operan por omisión y se llenan de silencios. Su cine muestra sólo la parte expuesta del iceberg. Los espectadores intuimos que hay múltiples sentidos que bullen por debajo, pero a los que nunca accederemos. Y es que la cámara se limita a registrar superficies rugosas, paisajes desolados, interiores con pintura descascarada, torrentes que traspasan techos, perros negros sobre charcos, temblores inesperados, territorios infinitos o zonas de profunda opacidad. La cámara no nos conduce a lo cierto ni a la resolución diáfana. Por el contrario, nos guía hacia el centro mismo del misterio.

Como los movimientos panorámicos sin fin preciso de Stalker. Allí la cámara gira sobre su eje horizontal como si condujera nuestra mirada o atención hacia un elemento relevante o un dato decisivo. Al acabar el recorrido, sólo hemos seguido la trayectoria pero sin obtener ningún resultado concreto. El misterio impenetrable de la Zona seguirá oculto; el dato escondido es, pues, un elemento estructurante no sólo del relato, sino también de la mirada que se mantiene expectante sin avizorar respuestas.

En Solaris también encontramos un modo de exposición que suprime causas, así como Hemingway se abstuvo de revelarnos el motivo de la depresión pasiva del “sueco”. Marie-Claude Tigoulet lo explica:

“Las imágenes del océano anaranjado, azulado, grisáceo, brumoso y turbulento, hay que considerarlas, en nuestra opinión como primeros planos y funcionando como tales: no nos desvelan más que una mínima parte de este misterioso océano, sobre cuyos poderes conocemos muy poco (...) Hay otros cuatro primeros planos que nos parecen importantes y significativos. Nos estorban: ¿cómo interpretarlos? El primero muestra los ojos de Kelvin cuando viaja para llegar a la sección. Nos presenta el efecto antes que la causa: ese viaje que ya adivinamos a través de los planos del cielo estrellado que siguen...”.

La técnica de presentar los efectos antes que las causas fue tal vez la lección que aprendió Tarkovski de Hemingway, junto con la necesidad de narrar callando y procediendo por alusiones.

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