| A inicios del
siglo XXI, ya casi nadie puede pregonar que los medios
de comunicación son simples espejos que reflejan
la realidad, encargados de transmitir información
lo más fidedignamente posible acerca de lo que
sucede en un conflicto armado. Hoy, por el contrario,
se acepta con abierta honestidad académica que
los medios de comunicación usualmente asumen
una posición que ayuda a alimentar el conflicto
o, por el contrario, a bajar la tensión cuando
se brinda una cobertura
que va más allá del campo de batalla.
Esto ocurre cuando estamos en una de las partes
involucradas de la disputa. Por lo general, la veracidad,
la distancia crítica, la honestidad al informar,
como se dice comúnmente, son las primeras víctimas
de la guerra. Aquellos periodistas que asumen una distancia
crítica para informar acerca de cómo se
lleva la guerra son acusados de cobardes, traidores,
antipatriotas [1].
Es que cuando tenemos emociones,
simpatías, intereses económicos, nacionales
o de Estado enraizados en una de las facciones del conflicto,
atizar un conflicto armado parece una posición
más fácil que contribuir a una posible
solución. Finalmente, hasta la denominada prensa
libre de los países democráticos parece
caer en el juego de generar miedos, odios, sentimientos
de venganza en su opinión pública a través
de una calculada desinformación en una natural
alianza entre gobierno-fuerzas armadas y dueños
de medios de comunicación.
¿Cómo podemos
entender que la prensa pierda una honesta distancia
crítica con respecto a la cobertura de un conflicto
armado?
A inicios del siglo XIX, tal
vez el máximo pensador militar de la historia,
el prusiano Karl Von Clausewitz alertó acerca
de la necesidad de establecer una alianza armónica
entre “el ejército”, “el gobierno”
y “el pueblo” en un conflicto armado en
su famoso libro, “De la Guerra”.
En esta “trinidad”,
“el pueblo” aportaba el elemento pasional
de la guerra, ya sea odio, pasión religiosa,
étnica o nacional. Mientras que “el gobierno”
aportaba el cálculo racional, la inteligencia
del Estado personificado, el dominio de la inteligencia
pura para decidir a la guerra o no. Por último,
el “ejército” es el instrumento ejecutor
de la decisión política. Si cae el apoyo
de uno de los tres estamentos, entonces, se corre el
riesgo de perder la guerra [2].
Antecedentes
Tal vez el ejemplo histórico
más notorio fue el de Estados Unidos en la Guerra
de Vietnam, donde la guerra se comenzó a perder
en casa, antes que en el campo de batalla. En los primeros
años de dicho conflicto, las dos terceras partes
de la opinión pública estadounidense mostraba
su apoyo. En 1968, cuando se mostraron las devastadoras
imágenes televisivas de la ofensiva de las fuerzas
del Vietcong del Tet, la opinión pública
se puso mayoritariamente en contra del conflicto armado.
Se comenzó a reclamar la salida de “los
muchachos” de los pantanos del sureste asiático,
mientras aparecía un efervescente movimiento
pacifista.
Uno de los casos históricos
más ejemplares acerca del papel de la prensa
en la tarea de mantener la trinidad entre ejército-gobierno
y pueblo fue de la guerra entre Estados Unidos y España
a finales del siglo XIX . El diario New York Journal
del considerado padre de la prensa amarilla, William
Randolph Hearst, halló en este conflicto armado
la forma de vender más diarios con noticias acerca
de violación de mujeres, fusilamientos colectivos.
Por último, cuando el diario amarillo responsabilizó
a los españoles del hundimiento del Maine, se
consolidó una opinión pública a
favor de la guerra contra España. Coincidentemente,
los gobiernos en Washington necesitaban un argumento
para expulsar definitivamente a las potencias europeas
de las Américas al aplicar la doctrina de Monroe
de “América para los americanos”
en Cuba.
Décadas más tarde,
se formó una burocracia encargada de elaborar
propaganda bélica con el fin de mantener el apoyo
nacional durante la Primera y Segunda Guerra Mundial.
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