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Desde el año 2001 está
abierto en el Perú el debate sobre qué
hacer con la televisión. Como era sospechado
por algunos y ha sido ahora comprobado por todos a través
de los tristemente célebres “vladivideos”,
los empresarios de la televisión peruana convirtieron
-a cambio de dinero y de favores- este “servicio
privado de interés público”, cuya
autorización y licencia les fue otorgada por
el Estado, en un servicio “particularísimo”
de Vladimiro Montesinos Torres, el asesor actualmente
preso, quien lo utilizó con el fin de perpetuar
en el poder a Alberto Fujimori Fujimori, el presidente
prófugo.
A la luz de estos hechos, sin
parangón en la historia de la televisión
mundial, al menos durante gobiernos formalmente democráticos,
se ha desatado una intensa polémica jurídica,
que incluye entre otras cuestiones la pregunta de si
el Ministerio a cargo de la supervisión del servicio
de televisión tiene facultades administrativas
para revocar las autorizaciones de las empresas operadoras,
como consecuencia de lo que hicieron algunos de sus
propietarios y representantes legales. Al respecto hay
que señalar que aunque las encuestas revelan
que casi la totalidad del país pide una sanción
contra las titulares de las licencias, las autoridades
aún continúan estudiando si van a optar
por apagar la señal de los principales canales
de entretenimiento de la población, pues ello
constituiría un hecho sin precedentes en nuestra
historia.
En medio de este ardoroso debate,
casi exclusivamente limitado a revisar la responsabilidad
legal de los empresarios y de las empresas, poco se
ha examinado la cuestión referente al comportamiento
de los periodistas de la televisión. Este punto,
sin embargo, me parece trascendental, puesto que el
acuerdo de “sujeción” al que llegaron
los empresarios de dicho medio con el mentado funcionario
gubernamental, sólo pudo ejecutarse a través
de la acción concreta de periodistas, presentadores,
productores, animadores y artistas que actuaron como
sus instrumentos. Los comunicadores que se prestaron
a ello, por acción o por omisión, pusieron
sus talentos, habilidades y conocimientos al servicio
de los fines ilícitos del gobierno defenestrado.
Transcurridos varios meses desde
el fin de esa vergonzosa etapa, algunos de estos periodistas
y artistas han reconocido públicamente que actuaron
mal, pero que lo hicieron sin darse cuenta de que eran
utilizados por el gobierno mafioso. Otros se niegan
a aceptar el mal de lo que hicieron y continúan
defendiendo que siempre cumplieron sus deberes y que
tienen su conciencia tranquila. Finalmente, otros más
siguen reclamando que se muestren pruebas, que se den
los nombres concretos de los que procedieron ilícita
o antiéticamente. Aunque no se ha probado todavía
que algunos periodistas y presentadores de televisión
recibieran ventajas directas y económicas por
su colaboración profesional, es obvio que se
mantuvieron trabajando con entusiasmo, o con ceguera,
para medios que se alinearon con la propaganda oficial
y contra el orden jurídico. Las observaciones
recogidas por los representantes de organismos nacionales
e internacionales y por el mismo “hombre de la
calle”, son abundantes e irrefutables. Es por
eso que el público ha manifestado su condena
y repudio a estos periodistas y comunicadores.
Por otro lado, al menos una
buena parte de la población considera que en
la televisión continúa el problema fundamental,
pues las principales empresas cuyos propietarios fueron
registrados recibiendo fajos y maletines de dinero o
promesas de favores de Montesinos, no han dejado de
operar los canales y frecuencias. Tampoco han sido cambiados
los periodistas y artistas que han sido acusados, o
que han confesado haber sido colaboracionistas. Y, obviamente,
la orientación de la programación por
televisión, no obstante el maquillaje recibido,
continúa siendo básicamente la misma a
la vista de cualquier observador prevenido: crítica
continua al nuevo orden jurídico que se busca
trabajosamente reconstruir, minimización o ignorancia
de los delitos cometidos en el fujimorato, exposición
exarcebada y de aliento solapado a los desórdenes
y protestas callejeras, vulgaridad y vedetismo campeante
dirigido a los sectores populares y muchos etcéteras
más.
La caracterización de
este escenario mediático no es sorprendente en
un país donde estudiosos de las más diversas
especialidades afirman, ahora sí sin ambages,
que nos encontramos indudablemente inmersos en un estado
de anomia moral y legal. Es decir, no estamos de acuerdo
sobre lo que está bien o mal. El bien y el mal,
lo lícito y lo ilícito no son distinguibles
fácilmente por la mayor parte de personas. Ambos
universos valorativos han trocado posiciones en un gran
número de conciencias, sin que los peruanos ni
siquiera lo adviertan. Aunque seguimos siendo productores
de abundantes normas legales y deontológicas,
y casi sobre cualquier materia, la mayor parte de ellas
tienen escasa influencia sobre la vida cotidiana de
grandes sectores de la población.
Las notas que siguen intentan
llevar la reflexión y el análisis sobre
la corrupción de la televisión peruana,
al terreno poco transitado de los códigos deontológicos
de los periodistas. Con este propósito, nos detendremos
a examinar los principios que nos ofrece la Declaración
de Chapultepec de 1994, que es un conjunto de postulados
generados en la Sociedad Interamericana de Prensa y
a los cuales dicha institución constantemente
invita a adherirse a los diferentes representantes de
los Estados. En el caso concreto del Perú, el
Presidente Valentín Paniagua la suscribió
en Lima el año 2001 y el Presidente Alejandro
Toledo lo ha hecho en enero del 2002, en su gira a Bolivia.
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