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Cada periodo de la
historia ha dado origen a un héroe específico, a un hombre
elevado, distinto, capaz de reunir las cualidades más
excelsas y las virtudes más apreciadas de su época. Desde la
leyenda hasta los medios masivos, estos seres especiales han
dejado su estela como un vestigio de tiempos memorables.
Pero junto con ellos también anduvieron los otros, los
hombres pequeños, los distintos y distantes de su era, los
personajes de segunda línea: los antihéroes. Este texto
pretende indagar en el tiempo y las características de esos
personajes de la modernidad sindicados como no heroicos,
pero que han ganado en aprecio y hoy lucen los mismos
galones de los más famosos.
De acuerdo con las narraciones clásicas,
o de régimen narrativo fuerte, según Mieke Bal, héroe
es, en general, función y cualidad del personaje; es decir,
el protagonista elevado que lleva la acción de la historia,
pero también es el ejecutor de las funciones signadas como
heroicas. La confusión surge cuando se presenta el término
antihéroe, que si bien se asocia con la figura del
antagonista (el villano, quien se opone a lo pactado como
heroico), también designa al personaje que cumple la función
heroica protagonista, aun cuando difiera en apariencia y
valores.
Esta segunda acepción es la que nos
interesa, y para zanjar cualquier confusión diremos que la
diferencia fundamental entre ambos radica en su impostación
ante la vida. El héroe no tiene fisuras ni contradicciones
con respecto al espíritu que encarna. El antihéroe, en
cambio, se basa en la contradicción; es, por encima de todo,
un hombre, con sus defectos y sus virtudes. El héroe, en
cualquiera de sus manifestaciones, está muy lejos del hombre
común porque encarna la metafísica de su tiempo, su
ideología, sus valores, los ideales de una era. El antihéroe
se desmarca de esta impronta al presentarse como un hombre
de a pie, disfuncional con su época, diminuto en sus
aspiraciones, o si acaso tiene pretensiones de grandeza,
inoperante, negado para alcanzar la meta de sus proyectos,
porque pertenece a una casta distinta, y si la alcanza, es
incapaz de conseguir para sí los réditos que toda empresa
exitosa genera. En esta línea, el
antihéroe moderno es hijo espurio de la Ilustración y la
Revolución Francesa, las mismas que modelaron al héroe bajo
las consignas de libertad, igualdad y fraternidad,
iluminadas por la razón y con las miras bien puestas en el
futuro. |