Por: Giancarlo Capello

 

Cada periodo de la historia ha dado origen a un héroe específico, a un hombre elevado, distinto, capaz de reunir las cualidades más excelsas y las virtudes más apreciadas de su época. Desde la leyenda hasta los medios masivos, estos seres especiales han dejado su estela como un vestigio de tiempos memorables. Pero junto con ellos también anduvieron los otros, los hombres pequeños, los distintos y distantes de su era, los personajes de segunda línea: los antihéroes. Este texto pretende indagar en el tiempo y las características de esos personajes de la modernidad sindicados como no heroicos, pero que han ganado en aprecio y hoy lucen los mismos galones de los más famosos. 

De acuerdo con las narraciones clásicas, o de régimen narrativo fuerte, según Mieke Bal, héroe es, en general, función y cualidad del personaje; es decir, el protagonista elevado que lleva la acción de la historia, pero también es el ejecutor de las funciones signadas como heroicas. La confusión surge cuando se presenta el término antihéroe, que si bien se asocia con la figura del antagonista (el villano, quien se opone a lo pactado como heroico), también designa al personaje que cumple la función heroica protagonista, aun cuando difiera en apariencia y valores. 

Esta segunda acepción es la que nos interesa, y para zanjar cualquier confusión diremos que la diferencia fundamental entre ambos radica en su impostación ante la vida. El héroe no tiene fisuras ni contradicciones con respecto al espíritu que encarna. El antihéroe, en cambio, se basa en la contradicción; es, por encima de todo, un hombre, con sus defectos y sus virtudes. El héroe, en cualquiera de sus manifestaciones, está muy lejos del hombre común porque encarna la metafísica de su tiempo, su ideología, sus valores, los ideales de una era. El antihéroe se desmarca de esta impronta al presentarse como un hombre de a pie, disfuncional con su época, diminuto en sus aspiraciones, o si acaso tiene pretensiones de grandeza, inoperante, negado para alcanzar la meta de sus proyectos, porque pertenece a una casta distinta, y si la alcanza, es incapaz de conseguir para sí los réditos que toda empresa exitosa genera. En esta línea, el antihéroe moderno es hijo espurio de la Ilustración y la Revolución Francesa, las mismas que modelaron al héroe bajo las consignas de libertad, igualdad y fraternidad, iluminadas por la razón y con las miras bien puestas en el futuro.

   
 

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