Por: Julio César Mateus

 

“Incluso, antes de fundada, Lima nació combi”, escribió el cronista Eloy Jáuregui parafraseando a Porras Barrenechea. Y razón le sobra. Combi es, pues, “la camioneta rural con ética asiática que conquistó el Perú antes que Fujimori, es el vehículo social de deslizamiento paulatino”[1]. Los limeños nos hacemos más limeños a bordo de estos carros de segunda mano, que son, más que sistemas de transporte público poco eficientes, espacios ricos en transacciones simbólicas, diálogos multiculturales y productos culturales interactivos que configuran roles sociales efímeros de estatus y poder y construyen nuevos modos de enunciación, al tiempo que pisan el acelerador recorriendo toda la ciudad.

Dentro de estos vehículos, las identidades parecen entenebrecerse. La hipótesis para que ello ocurra es que estos espacios se convierten, para los usuarios, en territorios ajenos, donde el ejercicio de los derechos se democratiza y opaca en función del nuevo lugar que se ocupa: el de un pasajero. Las combis limeñas son espacios de interacción, pero también feudos móviles donde los roles se resitúan o reacomodan.

“Habla, ¿vas?”: Identidades, roles y sujetos

Hay tres sujetos protagonistas en la negociación que comprende el viaje en combi: el chofer, el cobrador y el usuario. El primero, dueño/responsable, por tanto, superior. El segundo, el operador logístico del negocio. De él depende en buena medida, por su vivacidad –o viveza, más bien–, cuánto será el ingreso diario, según la cantidad de pasajeros que logre (estratégicamente) acomodar dentro del vehículo y la astucia con que consiga sortear policías y señales de tránsito. También se encarga del “pago” a los “dateros”, personajes ubicados en cada cierto tramo que indican las frecuencias y distancias entre las otras unidades de la ruta, y a quienes premia con 10 céntimos de sol cada pase. Según esta perspectiva, los subordinados vienen a ser los pasajeros, usuarios/clientes que en ejercicio forzoso o voluntario, abordan las combis con el fin de llegar, a falta de otro método, a sus destinos.


 

[1] JÁUREGUI, Eloy. Usted es la culpable. Lima: Editorial Norma, 2004, p. 29.

   
 

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